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El costo de querer ser perfectos

Punto Crítico.

¿En qué momento dejamos de ser suficientes? ¿Cuándo comenzamos a medir nuestro valor a partir de logros, validaciones externas y estándares inalcanzables? En una era donde las redes sociales glorifican el éxito inmediato y la productividad constante, el perfeccionismo ha dejado de ser una virtud para convertirse en un generador silencioso de ansiedad. Esta dinámica, muchas veces celebrada, está moldeando generaciones que viven exhaustas emocionalmente por no poder sostener la imagen de perfección que se les exige.
 
El perfeccionismo moderno no es simplemente querer hacer las cosas bien. Como lo describe la psicóloga Brené Brown, es “la creencia de que si vivimos perfectamente, actuamos perfectamente y lucimos perfectamente, podemos minimizar o evitar el dolor de la culpa, el juicio y la vergüenza”. Es una coraza emocional que nos aleja de la autenticidad y nos sumerge en una constante sensación de insuficiencia. En lugar de impulsarnos al crecimiento, nos encierra en una jaula de ansiedad anticipatoria, procrastinación y miedo al fracaso.
 
Según un estudio de la Universidad de Bath y York St John, los niveles de perfeccionismo han aumentado significativamente en las últimas décadas, especialmente entre jóvenes. Esto se relaciona directamente con la presión social, los ideales inalcanzables promovidos por los medios y un sistema educativo y laboral que premia más el resultado que el proceso. ¿Cómo no desarrollar ansiedad cuando el error no solo se castiga, sino que se viraliza?
 
La ansiedad, en este contexto, se convierte en una respuesta natural ante la autoexigencia constante. Vivimos atrapados entre el deseo de destacar y el miedo a ser descubiertos como “impostores”. Este fenómeno, conocido como el “síndrome del impostor”, suele acompañar al perfeccionismo y lo retroalimenta, creando un ciclo difícil de romper. Las personas se esfuerzan más, duermen menos, se comparan más, y disfrutan menos. Todo por alcanzar un ideal que siempre se aleja un poco más.
 
Sin embargo, hay caminos alternativos. Cada vez más expertos proponen la “autocompasión” como antídoto al perfeccionismo tóxico. Kristin Neff, pionera en este concepto, señala que “tratarnos con la misma amabilidad con la que trataríamos a un amigo cercano” reduce significativamente los niveles de ansiedad y mejora la resiliencia emocional. Aceptar que errar es parte del proceso humano puede ser liberador y profundamente transformador.
 
En este contexto, vale la pena preguntarnos: ¿y si redefinimos el éxito? ¿Y si, en lugar de aspirar a la perfección, aspiramos a la integridad, al aprendizaje continuo y a una vida con sentido? Cultivar una mentalidad de crecimiento —aquella que valora el proceso por encima del resultado— no solo disminuye la ansiedad, sino que permite construir una identidad más estable y congruente.
 
Romper con el perfeccionismo moderno no significa renunciar a la excelencia, sino humanizarla. Significa reconocer que somos más que nuestras metas cumplidas, que el descanso también es productivo y que la vida no se trata de llegar impecables a la meta, sino de recorrerla con autenticidad. En tiempos donde la ansiedad y la presión por rendir nos invaden, tal vez la propuesta más revolucionaria sea darnos permiso de ser imperfectos… y estar en paz con ello.
 
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