El pasado 20 de enero se cumplió un año del inicio del segundo mandato del presidente Donald Trump al frente del gobierno de los Estados Unidos. Para México, esta fecha invita a una reflexión serena sobre una relación bilateral que ha transitado por un terreno distinto al conocido en décadas recientes.
Hablar de este primer año obliga a reconocer que la relación entre ambos países ha sido inusual en su forma y en su fondo. No se trató de un periodo de ruptura ni de confrontación abierta, pero tampoco de una etapa de comodidad diplomática. Estados Unidos dejó claro desde el inicio que su política exterior estaría guiada por una lógica de interés nacional directo, lo que exigió a México actuar con firmeza, claridad y capacidad de negociación.
En el ámbito económico, la interdependencia volvió a imponerse sobre cualquier otra consideración. El intercambio comercial bilateral alcanzó niveles históricos y consolidó a México como un socio estratégico indispensable para la economía estadounidense. Esta integración tiene rostro en miles de empleos, en plantas productivas que operan en estados como San Luis Potosí y en cadenas de valor que cruzan la frontera todos los días.
También en materia migratoria se observaron cambios relevantes puesto que el flujo de personas hacia Estados Unidos se redujo de manera significativa, al tiempo que aumentó la presencia de ciudadanos estadounidenses que visitan o residen en México. Estos movimientos reflejan transformaciones profundas que no pueden explicarse únicamente desde la política, pero que sí requieren coordinación institucional constante.
El tema de la seguridad fue, quizá, el espacio más delicado de la relación. La preocupación del gobierno estadounidense por el combate a las drogas sintéticas y a las organizaciones criminales se expresó con insistencia. México sostuvo una postura clara cuyo eje es “cooperación y corresponsabilidad sí”, siempre bajo el principio de respeto a la soberanía y sin aceptar fórmulas que impliquen subordinación. Mantener ese equilibrio fue clave para evitar tensiones mayores.
A lo largo del año quedó claro que los distintos temas de la agenda bilateral dejaron de tratarse de manera aislada. Comercio, migración y seguridad comenzaron a entrelazarse de forma más visible, lo que obliga a México a fortalecer su capacidad de diálogo y a anticipar escenarios complejos en el corto plazo.
El balance de este primer año muestra una relación exigente, pero estable. México ha demostrado que puede trabajar con un gobierno firme sin perder dignidad ni rumbo. El desafío hacia adelante será sostener esta conducción responsable, con visión de largo plazo y con el respaldo de una sociedad que entiende que la estabilidad con Estados Unidos es un asunto que impacta directamente en su bienestar cotidiano. Esa es la ruta que conviene seguir.