Hoy, mientras en el Senado de la República se escuchaban voces exigiendo justicia deportiva, los máximos responsables del futbol mexicano preferían mirar hacia otro lado. Mikel Arriola, comisionado de la Federación Mexicana de Futbol, y Francisco Iturbide, presidente ejecutivo de la Liga MX, ignoraron la invitación al foro “Fuera de Lugar. ¿Por qué es injusto cancelar el ascenso y descenso en el futbol?”. No respondieron. No aparecieron. Y con su ausencia confirmaron lo que ya todos saben: el sistema de mérito deportivo está muerto por decisión de unos cuantos dueños, y el precio lo pagaremos todos a futuro.
La suspensión del ascenso y descenso nació en 2020 como medida temporal de emergencia por la pandemia. Seis temporadas, dijeron. El Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) incluso ratificó en 2025 que debía regresar en la temporada 2026-2027. Pero en julio pasado la Liga MX publicó su nuevo Reglamento de Competencia y, en el artículo 35, enterró de forma indefinida cualquier posibilidad de movimiento entre categorías: ningún equipo de Primera baja y ninguno de Expansión sube por méritos en la cancha. Solo queda la vía del “modelo Atlante”: comprar una franquicia si tienes el dinero suficiente. El sueño deportivo se convirtió en un negocio cerrado de franquicias.
Esta decisión no es inocente ni técnica. Es un blindaje para los 18 clubes de Liga MX. Sin el fantasma del descenso, la mediocridad no se castiga. Un equipo puede terminar último temporada tras temporada y seguir cobrando derechos de transmisión, manteniendo su valor artificialmente inflado y sin presión real por mejorar. Estudios recientes muestran que la suspensión concentró el talento en la élite, devaluó a los jugadores de la segunda división y redujo la intensidad competitiva. Como bien dijo Ricardo Ferretti: “Vivir sin ascenso y descenso es promover la mediocridad. El nivel del fútbol en nuestro país ha bajado notablemente”.
Las consecuencias a futuro son devastadoras y ya se sienten.
Primero, el talento joven. Miles de futbolistas de provincias y de la Liga de Expansión ven cerrada la puerta más natural de progreso. Sin el incentivo de pelear por el ascenso, los clubes de plata invierten menos, los sueldos se deprimen y crece el riesgo de amaños y apuestas ilegales, como ya se ha documentado. Los jugadores de Expansión han protestado, pero muchos callan por miedo a represalias. El mensaje es claro: en este futbol, el mérito no importa; importa el capital.
Segundo, las ciudades y las economías locales. Equipos como Leones Negros, Cancún FC, Mineros de Zacatecas o Atlético Morelia invirtieron bajo la promesa de que el ascenso volvería. Ahora esas inversiones se convierten en laberintos sin salida. El futbol genera empleos, infraestructura, turismo y sentido de identidad en plazas que no son Ciudad de México, Guadalajara o Monterrey. Cortar la movilidad es condenar a esas ciudades a un futbol de segunda eternamente subsidiado… o a la desaparición.
Tercero, la competitividad internacional. Mientras el resto del mundo mantiene sistemas abiertos que premian el esfuerzo y renuevan el talento, México se acerca peligrosamente al modelo cerrado estilo MLS. El resultado es previsible: menos urgencia por formar jugadores de calidad, menos sorpresas, menos pasión en las gradas y un producto cada vez más predecible y menos atractivo para el aficionado. La brecha presupuestaria entre Liga MX y Expansión (hablan de 20 o 25 veces de diferencia) no se cierra con un sistema cerrado; se agranda.
Hoy el Senado, impulsado por Movimiento Ciudadano y con respaldo de otras bancadas, anunció que presentará una iniciativa de ley para que el mérito deportivo sea una obligación legal de las asociaciones deportivas nacionales. Es un intento legítimo de recuperar lo que los dueños se apropiaron. Porque, como dijo el senador Clemente Castañeda, “lo que es privado por su propiedad puede ser público por sus consecuencias”. El futbol mexicano no es solo un negocio de 18 empresarios: es un fenómeno social, cultural y económico de interés público.
La respuesta de la FMF y la Liga MX ha sido la de siempre: silencio o justificaciones técnicas sobre infraestructura y presupuestos. Nadie niega que existan diferencias reales. Pero la solución no es cerrar la puerta; es construir puentes, fondos de transición, requisitos graduales y, sobre todo, voluntad política deportiva. En lugar de eso, prefieren un sistema donde el dinero compra el acceso y el esfuerzo en la cancha vale cada vez menos.
El futbol mexicano se está convirtiendo en un club privado de privilegiados. Sin ascenso ni descenso, perdemos la esencia que hace grande a este deporte: la posibilidad de que el más pequeño, con trabajo y talento, pueda llegar a lo más alto. Si no se corrige este rumbo, en unos años no solo tendremos una liga más pobre deportivamente. Tendremos un país donde el sueño de miles de niños de vestir la playera de un grande se mide únicamente en millones de pesos, no en goles ni en esfuerzo.
Y eso, simplemente, no es futbol.