Cuando Javier Aguirre fue elegido para encabezar por tercera ocasión a la Selección Mexicana rumbo a una Copa del Mundo, la reacción estuvo lejos de ser unánime. Para muchos, su regreso despertó más dudas que ilusión debido a los recuerdos de sus anteriores participaciones mundialistas, ambas terminadas en octavos de final ante rivales que dejaron cicatrices profundas en la historia del futbol mexicano.
Sin embargo, el Mundial 2026 ha mostrado una versión distinta del técnico mexicano. Más sereno, más reflexivo y con una perspectiva diferente sobre el juego y la vida, Aguirre ha construido una selección que no solo gana, sino que también ha roto varias barreras históricas en el camino.
México firmó una fase inicial perfecta, algo nunca antes conseguido por el combinado nacional en una Copa del Mundo. A ello se suma una solidez defensiva inédita, con cuatro partidos disputados sin recibir un solo gol, una marca que refleja el equilibrio y la disciplina táctica que ha logrado implantar el entrenador.
Pero los números no cuentan toda la historia. También está la transformación de un grupo que juega sin complejos. Un equipo en el que un adolescente como Gilberto Mora se ha convertido en una de las revelaciones del torneo, donde Julián Quiñones atraviesa el mejor momento de su carrera internacional y donde Raúl Jiménez finalmente ha encontrado el escenario ideal para convertirse en el referente ofensivo que durante años se esperaba.
A ello se suma la experiencia de figuras como Guillermo Ochoa, ahora desde un rol diferente dentro del vestidor, aportando liderazgo a una generación que parece decidida a cambiar la narrativa histórica del futbol mexicano.
Pese a todo lo conseguido, el propio Aguirre sabe que la verdadera prueba aún está por llegar. Porque más allá de los récords, de las estadísticas y del entusiasmo que rodea al equipo, el objetivo sigue siendo alcanzar una instancia que México persigue desde hace décadas.
Por eso Inglaterra aparece como el examen definitivo. No solo por la calidad del rival, sino porque representa la oportunidad de dar ese paso que ha faltado en tantas ocasiones. Una victoria colocaría al Tricolor en los cuartos de final y convertiría este proceso en uno de los más importantes que ha vivido la selección nacional.
La historia todavía no está escrita. Aguirre ya ha cambiado muchas cosas alrededor del equipo, pero sabe que la verdadera reivindicación llegará únicamente si consigue llevar a México más lejos de donde él mismo pudo hacerlo en el pasado.
Por ahora, el sueño sigue vivo. Y quizá, como comienza a decir cada vez más gente alrededor de la selección, esta vez sí sea momento de preguntarse: ¿y si sí?