El balón rueda en nuestra propia casa y el fervor azteca ha silenciado, de momento, los peores pronósticos, la Selección Mexicana dirigida por Javier Aguirre ha firmado una primera fase impecable, tres partidos, tres victorias, nueve puntos, seis goles a favor y un arco completamente invicto tras despachar a Sudáfrica, Corea del Sur y, finalmente, golear 3-0 a la República Checa.
En la cancha, el equipo ha respondido con un orden táctico que hace mucho no se le veía, impulsado por hombres como Julián Quiñones y el liderazgo de Edson Álvarez.
?Sin embargo, el verdadero Mundial de México se juega en una cancha mucho más compleja, la de su propia identidad y su contexto social.
¿Para qué está México en este Mundial?
Deportivamente, el escenario está puesto para sacudirse los fantasmas históricos, con la clasificación en la bolsa a los dieciseisavos de final, cuyo partido se disputará el próximo martes 30 de junio, la afición empieza a alimentar el sueño de trascender.
Las encuestas reflejan este vuelco anímico, el optimismo de ver a la selección en la final escaló tras el sólido arranque. El "Vasco" Aguirre ha inyectado un pragmatismo defensivo efectivo que permite soñar con avanzar, al menos, dos rondas más arropados por la localía en el Estadio Ciudad de México. El objetivo mínimo es el postergado quinto partido; el idílico, hacer valer el peso del terruño.
México está en este Mundial para demostrarse a sí mismo de qué está hecho, en lo futbolístico, tiene el orden y la contundencia para competir en las llaves de eliminación directa y romper su propio techo de cristal. En lo social, el torneo servirá para confirmar lo que describía Juan Villoro: que el aficionado mexicano sabe resignarse y abraza el gusto de reunirse por encima del marcador.
?La mesa está puesta para que el Tricolor intente escribir su página más dorada, queda ver si los pies de los jugadores en la cancha logran estar a la altura de los ojos de un país entero que, entre el escepticismo y la fe renovada, mira la televisión esperando el milagro.