El confeti caerá durante algunos días en el entorno de la Selección Mexicana, y con justa razón, dos partidos, dos victorias, seis puntos y el liderato de grupo asegurado sin tener que salir del Estadio Azteca para los dieciseisavos de final. El arranque del torneo, numéricamente hablando, es miel sobre hojuelas, sin embargo, tras el silbatazo final ante Corea, queda una certeza sobre la mesa, este México no enamora, pero ha aprendido el oficio más valioso en el plano internacional, saber defenderse.
Históricamente, los fracasos del combinado nacional se han debido a la falta de rigor y a la ausencia de ese oficio defensivo que las potencias dominan a la perfección, Javier Aguirre lo sabe. "El Vasco" ha inyectado un pragmatismo puro y duro, si no se puede generar un fútbol brillante al frente, hay que hacerse inexpugnables atrás y provocar el error del rival. Así cayó Sudáfrica en el debut y así, mediante un garrafal error del guardameta asiático capitalizado por Luis Romo, cayó Corea.
No fue un partido sencillo, el cuadro coreano complicó el panorama con posesiones larguísimas, pero la efectividad fue otra historia, la línea de cinco diseñada desde el banquillo anuló los caminos, y cuando la zaga fue superada, emergió la figura de Raúl "Tala" Rangel con una doble atajada monumental para sostener el cero. Hay nombres propios que sostienen este liderato, la jerarquía de Johan Vásquez, el desgaste incombustible del "Piojo" Alvarado, el sacrificio de Julián Quiñones y la solidez de Jesús Gallardo.
Aun así, la complacencia sería el peor enemigo, este México todavía carece de una transición fluida y de volumen ofensivo, delanteros como Raúl Jiménez terminan exhaustos tras fajarse en misiones de sacrificio, recibiendo balones sumamente incómodos. Si la selección aspira a trascender en las rondas de eliminación directa, el margen de mejora en la creatividad y el ataque es urgente.
El próximo encuentro ante la República Checa se presenta como un lujo idóneo, un partido de trámite para gestionar cargas físicas, ensayar variantes e incluso otorgarle minutos a Guillermo Ochoa en la portería, confirmando segundas opciones sin la asfixia de la presión por el resultado.
Para los puristas del ganar, gustar y golear, este estilo resultará atascado y mezquino, pero en los escenarios de máxima exigencia, firmar el 1-0 toda la vida suele ser el boleto más seguro hacia el éxito. México ya aprendió a competir con seriedad; ahora le toca aprender a tratar mejor el balón. Mientras tanto, fuera de la cancha, el júbilo tricolor ya contagió las calles; entre sombreros de charro y máscaras de luchador, la afición demuestra que, si bien se sufre con el planteamiento en la cancha, en las calles el ambiente ya lo ganamos por goleada.
Fuera de la cancha, el fenómeno es la magia de armar el relajo en cualquier banqueta y domar al extranjero más tieso con tequila, comida, fiesta y carrilla de la buena. Las calles de este Mundial ya no son ajenas, son barrio mexicano, es una alegría imposible de clonar en otro mapa. Ver a miles mexicanos y extranjeros contagiándose esa irreverencia, el ingenio que quema y el verdadero sabor a vida es un espectáculo aparte, en el mundial de la hospitalidad y el descontrol con estilo, México no compite, es punto y aparte.