Antes de los estadios llenos, de los himnos nacionales y de la ceremonia inaugural, existe un sueño. El sueño de estar ahí. Para muchos reporteros, el camino al Mundial comienza siendo niños, frente al televisor, observando escenarios tan lejanos como Corea y Japón, Sudáfrica, Brasil o Rusia. Entre revistas, álbumes y transmisiones de madrugada, nace una ilusión que tarda años en cumplirse.
En esos cuatro años caben vidas enteras. Hay amores que llegan, dolores que marcan y sueños que parecen escaparse. Mientras el mundo espera un nuevo Mundial, cada quien libra también su propia carrera por alcanzar sus metas. No siempre creemos que llegaremos a ellas, pero las oportunidades, cuando aparecen, deben tomarse de frente.
México recibió apenas un puñado de partidos para esta Copa del Mundo. Sin embargo, entre ellos se encuentra el partido inaugural, una tercera oportunidad histórica para el país y, para muchos de nosotros, la posibilidad de demostrar que aquellos sueños nacidos frente a una pantalla nunca desaparecieron.
A riesgo de romper la cuarta pared, el autor de este texto ha cumplido aquella meta que nació durante Alemania 2006. Un sueño que parecía imposible desde un contexto local como el potosino y que se volvió aún más lejano ante las vicisitudes que la vida fue colocando en el camino.
Porque entre un Mundial y otro no solo cambian las selecciones y los campeones. También cambian las personas. Hay quienes se quedan en el camino y quienes, pese a todo, continúan avanzando hasta encontrarse años después frente a la oportunidad que imaginaron siendo niños.
La Copa del Mundo es eso. Un lugar donde millones de personas se permiten creer, aunque sea por un instante, que lo imposible puede suceder.
Ante más de 80 mil almas, el Tri saltó al campo. Arropado por su afición en una inauguración mundialista por segunda ocasión en la historia como local, algo que solo había ocurrido en 1970 frente a la Unión Soviética. Además, el destino repetía un viejo escenario: 16 años después, México volvía a abrir una Copa del Mundo enfrentando a Sudáfrica. Aquella vez fue empate. Esta vez, había llegado la hora de saldar cuentas.
Tras una emotiva ceremonia de inauguración, con ecos de México 86 en las tribunas, arrancó el partido. México salió decidido a imponer condiciones. Al minuto 9 apareció Julián Quiñones, aquel joven que dejó su natal Colombia y encontró en México una segunda casa a base de esfuerzo y perseverancia. Figura con Atlas, ídolo en América y protagonista en Arabia, respondió a las dudas con un gol que hizo estallar al estadio.
Era el gol de un hombre que nunca dejó de creer.
La sentencia llegó al 67. Raúl Jiménez, quien también se sobrepuso al dolor de una lesión que amenazó su carrera, encontró su primer gol en una Copa del Mundo con un certero remate de cabeza. Un final feliz para un debut inmejorable.
Una vez más, y a riesgo de romper la cuarta pared, este autor se marcha feliz de su primer partido de Copa del Mundo y de seguir persiguiendo un sueño que nació frente a una pantalla. México también se marcha feliz, con una victoria que lo invita a soñar con grandes cosas en su torneo.
Y entre todos los que compartimos esta pasión —jugadores, reporteros y aficionados— queda una dedicatoria para quienes están, para quienes acompañan el camino y para quienes ya se fueron. Porque ellos también forman parte de cada sueño cumplido.
El Tri quiere seguir creyendo.
En memoria de Julia y Margarita.