Canadá afronta el Mundial de fútbol de 2026 con un perfil bajo, lejos del protagonismo político, comercial y mediático que rodea al torneo en Estados Unidos y del fervor popular que tradicionalmente despierta el fútbol en México.
El segundo país más grande del mundo será por primera vez anfitrión de una Copa del Mundo masculina absoluta, pero lo hará sin estridencias, casi como un organizador silencioso.
Aunque el torneo será el primero con 48 selecciones y tres países sede, Canadá sólo albergará 13 de los 104 partidos: siete en Vancouver y seis en Toronto. Ninguna de las dos ciudades canadienses recibirá encuentros de cuartos de final en adelante.
La discreción canadiense contrasta con el momento que vive el fútbol en el país. La selección masculina ha experimentado en los últimos años el mayor crecimiento de su historia reciente.
Tras clasificarse para Catar 2022, su primer Mundial en 36 años, Canadá aseguró también su presencia en 2026 como coanfitrión y ha empezado a generar jugadores presentes en algunas de las principales ligas europeas.
Figuras como Alphonso Davies, capitán de la selección y jugador del FC Bayern Múnich, o Jonathan David, uno de los delanteros más cotizados del fútbol europeo, simbolizan una transformación impulsada también por la creciente diversidad demográfica del país y por el auge de academias y clubes profesionales.
Sin embargo, el fútbol sigue ocupando en Canadá un lugar secundario frente al hockey sobre hielo, deporte nacional, y por detrás también del baloncesto, el béisbol o el fútbol canadiense en términos de atención mediática y tradición histórica.
La organización del Mundial refleja esa misma sobriedad. Toronto y Vancouver han centrado sus preparativos en infraestructuras, transporte y seguridad, evitando por ahora campañas masivas de promoción nacionalista o celebraciones permanentes.
En Toronto, el estadio BMO Field, renombrado como Toronto Stadium para el Mundial, ha efectuado una polémica ampliación temporal, para alcanzar unas 45.000 localidades, y así cumplir con los requisitos de la FIFA. Mientras, Vancouver utilizará el BC Place, uno de los pocos estadios cubiertos del torneo.
El coste del evento ha generado, además, un intenso debate político. Las autoridades locales de Toronto y Vancouver han reconocido que los gastos de organización y seguridad superarán ampliamente las estimaciones iniciales, en un momento en el que Canadá afronta problemas de vivienda, elevado coste de vida y presiones sobre los servicios públicos.
Aun así, los defensores del torneo sostienen que el Mundial ofrecerá beneficios económicos y una oportunidad única para proyectar internacionalmente a dos de las ciudades más multiculturales del país.
Más de una quinta parte de la población canadiense nació en el extranjero y el fútbol se ha convertido en uno de los principales puntos de encuentro de comunidades inmigrantes procedentes de Europa, América Latina, África y Asia.
La multiculturalidad será precisamente uno de los rasgos distintivos de la experiencia canadiense en 2026. Toronto, la ciudad más poblada del país, y Vancouver, principal puerta de entrada al Pacífico, representan una imagen de Canadá basada más en la diversidad y la convivencia urbana que en el espectáculo patriótico.
También influye la propia naturaleza del país. Canadá combina enormes distancias geográficas, una población relativamente reducida, unos 41 millones de habitantes, y una identidad nacional menos centralizada que la de otras potencias deportivas.
El Mundial llega así a un país acostumbrado a compartir protagonismo con su poderoso vecino estadounidense y cuya diplomacia internacional suele apoyarse más en la estabilidad y el consenso que en grandes demostraciones de fuerza.
Lejos de los focos de Nueva York, Los Ángeles o Ciudad de México, Canadá parece dispuesto a desempeñar en 2026 un papel acorde con su imagen internacional: el de un anfitrión eficiente, discreto y multicultural que participa en el mayor evento deportivo del planeta sin necesidad de levantar demasiado la voz.