En casi tres décadas de existencia, los Ravens de Baltimore se han distinguido por una estabilidad poco común en la NFL: apenas dos propietarios, dos gerentes generales y tres entrenadores en jefe. En una liga marcada por la urgencia y los cambios constantes, ese nivel de continuidad no es algo que deba darse por sentado.
Hoy, sin embargo, la franquicia entra en territorio desconocido tras la salida de John Harbaugh, una decisión que rompe con esa tradición y que el propietario Steve Bisciotti consideró necesaria, aunque arriesgada.
“Nuestro objetivo siempre ha sido y siempre será ganar campeonatos”, señaló Bisciotti en el comunicado emitido el martes. “Buscamos competir de forma constante al más alto nivel y ser una organización de la que nuestros aficionados puedan sentirse orgullosos”.
Harbaugh llegó a Baltimore antes de la temporada 2008. Procedente del staff de Filadelfia y conocido entonces principalmente por ser el hermano mayor de Jim Harbaugh, asumió un reto que con el tiempo definiría la identidad moderna de los Ravens. En su quinta campaña, condujo al equipo al campeonato del Super Bowl, precisamente tras vencer a los 49ers de San Francisco, dirigidos por su propio hermano.
La etapa de John Harbaugh en Baltimore concluye con seis títulos divisionales y cuatro apariciones en la final de la Conferencia Americana a lo largo de 18 temporadas. Bajo su mando, los Ravens se consolidaron como una franquicia competitiva y respetada año tras año.
No obstante, el balance reciente terminó por inclinar la balanza. Desde la llegada de Lamar Jackson en 2018, Baltimore posee el tercer mejor récord de temporada regular en la NFL, pero apenas un 3-6 en playoffs. Las ventajas desperdiciadas y las derrotas cerradas se volvieron una constante, y la campaña más reciente resultó especialmente decepcionante: marca de 8-9 y fuera de la postemporada.
Como suele ocurrir tras el despido de un entrenador en jefe, la lupa se posa ahora sobre quienes permanecen. En Baltimore, los focos apuntan directamente a Lamar Jackson y al gerente general Eric DeCosta.
Jackson, dos veces Jugador Más Valioso, vivió quizá su mejor año individual en 2024, cuando lanzó para 4,172 yardas y 41 touchdowns, con apenas cuatro intercepciones, además de sumar 915 yardas por tierra. Paradójicamente, no fue premiado con el MVP.
La temporada más reciente, en cambio, estuvo marcada por lesiones y una merma evidente en su impacto como corredor. Aun así, con el título divisional en juego en Pittsburgh, Jackson colocó a los Ravens en posición de ganar en tres ocasiones durante el último cuarto, solo para que la defensiva y los equipos especiales fallaran.
Ahora Baltimore enfrenta una encrucijada. ¿Debe apostar por un entrenador que potencie al máximo a Lamar Jackson, tanto dentro como fuera del campo? ¿O confiar en que el quarterback, quien cumplió 29 años esta semana, recuperará su mejor versión, permitiendo buscar un perfil más orientado al costado defensivo?
Los Ravens no necesitan necesariamente otro proyecto a 18 años. Necesitan capitalizar la ventana actual con Jackson.
Entre los nombres que surgen destacan exasistentes de Baltimore como Jesse Minter, hoy coordinador defensivo de los Chargers, y Anthony Weaver, quien ocupa el mismo cargo en Miami. También aparecen opciones con experiencia como entrenadores en jefe: Brian Flores, Kliff Kingsbury, Robert Saleh y Kevin Stefanski.
Por otro lado, perfiles emergentes como Klint Kubiak, coordinador ofensivo de Seattle, o Chris Shula, coordinador defensivo de los Rams, podrían recibir su primera oportunidad al frente de un equipo.
El rumbo de los Ravens está en juego, y la elección del próximo entrenador marcará el destino inmediato de una franquicia acostumbrada a la estabilidad… pero ahora obligada a reinventarse.