Martes 9 de Agosto de 2022 | San Luis Potosí, S.L.P.
C O M P A R T I R

Y el cambio puede comenzar aquí

José Luis Solís Barragán | 23/05/2022 | 10:52

Opinión

Después del movimiento social de 1910 el sistema político mexicano se cimbró hacía una nueva ideología, la legitimidad del Estado se asentaba sobre la mitología de la revolución, el justo reparto de la riqueza y la tan aclamada justicia social.

 

Esta nueva estructura política no podía asentarse sobre los escombros del porfirismo sin un andamiaje legitimador y que permitiera aglutinar las diferentes fuerzas y corrientes locales que se había empoderado con el movimiento revolucionario, por lo que la solución para institucionalizar la lucha del poder fue la creación de un Partido Político que sirviera de vehículo de la clase política dominante y ese es el antecedente del PRI.

 

La vida política del Estado moderno mexicano está marcada por la presencia de un Partido oficial, de un competidor que aplastaba a sus opositores en las urnas, en los discursos e incluso con las armas, por lo que el camino hacia la apertura democrática sería un proceso complejo y que quizás sigue sin terminar.

 

La legitimidad revolucionaria con el tiempo se fue desgastando, la falta de una competencia justa en los procesos electorales fue mermando la fortaleza de la institucionalización de la revolución y los resultados económicos y la desigualdad social no abonaron para seguir ocultando la imagen de una democracia, tras un Estado autoritario.

 

El proceso electoral de 1976 es sin duda un parteaguas, el candidato del Revolucionario Institucional, no tenía competencia formal, ningún candidato opositor contaba con el registro para participar en el proceso y como diría el propio José López Portillo, solo con el voto de su madre hubiera bastado para llegar a la presidencia.

 

Sin embargo, la llegada de López Portillo fue acompañado de un personaje esencial en la vida democrática del país, a la Secretaría de Gobernación arribaba Jesús Reyes Heroles quien abriría las puertas del palacio de Bucareli, para construir una reforma política que permitió mayor representatividad en un país que no aceptaba a los opositores.

 

La reforma política del 1978 facilitó el acceso de la oposición a los espacios legislativos, permitió el registro de partidos de izquierda que habían permanecido al margen de la Ley, empezó la búsqueda del acceso a los medios de comunicación y elecciones “más competitivas”.

 

Aquella reforma marcó el inició de la apertura democrática, Jesús Reyes Heroles escuchó a todas las fuerzas políticas, lo que permitió construir un cambio que incluso en nuestros días tiene vigencia, tal como los diputados de representación proporcional.

 

El presidente López Obrador está planteando una reforma política que no solo trastoca el sistema electoral y la composición de los árbitros, sino que incluso se proponen cambios a la forma de representación política, lo que nos hace pensar que estamos posiblemente ante una discusión del tamaño de la que vivió el país con la reforma de 1978.

 

En pleno 2022 es claro que nuestra democracia se encuentra en una importante crisis de legitimidad, en un clima polarización que construye barreras que impiden el dialogo y la búsqueda de espacios comunes, los ciudadanos repudian la política y cada vez vemos más distante a la mayoría de la clase gobernante de los ciudadanos a los que juran representar.

 

Ojalá para este momento tuviéramos de vuelta a un Jesús Reyes Heroles que guiara el trabajo para construir un verdadero cambio político, sin embargo, de ningún bando de la discusión se ve tal posibilidad, lo que permite creer que la intención de cambió solo quedará como la anécdota de lo que pudo ser.

 

Estamos frente a la posibilidad de un cambio trascendental, pero para lograrlo se necesita que todas las fuerzas políticas construyan una reforma que incluya temas de representatividad, de seguridad en los procesos electorales, de blindaje a los árbitros, de exclusión del crimen organizado en los comicios, del financiamiento público y ¿Por qué no? De un cambio estructural del Estado que garantice un verdadero control del poder y mayor rendición de cuentas.

 

Es cuestión de esperar y estar atentos para que los ciudadanos tengan un papel preponderante en la que puede ser la gran siguiente reforma que dinamice nuestra democracia, porque de lo contrario será otra oportunidad perdida.

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