Hay exteriores que solo son apariencia; porque lo mas importante, es lo que se lleva dentro.
Los sentidos pueden resultar engañosos. Ya alguien dijo: “las apariencias engañan”.
Por tanto, no juzguemos por apariencias, ya que podemos equivocarnos. Porque lo grandioso, tiene una envoltura simple.
Cuando escuchemos hablar a alguien, no hay que juzgarlo por su apariencia, es mejor atender a lo que está diciendo; y si vamos al fondo de la expresión, encontraremos la sabiduría.
Las verdades de la vida, están escondidas; con una apariencia, que nos hace pensar, que son poco significativas.
Que no nos pase lo que, a San Agustín, antes de su conversión; él, siendo un hombre culto, trabajo le costaba valorar las Escrituras. Y tarde descubrió la grandeza de su sabiduría, y dijo de éstas: “…es un libro que no pueden comprender los soberbios. Humilde en el estilo, sublime en su doctrina y lleno de misterios…mi orgullo rechazaba la sencillez de su expresión, y la soberbia me cegaba para ver las interioridades”. (Confesiones III,5,9).
A los judíos, les costaba trabajo saborear las palabras de Cristo, por el hecho de ser su paisano; y solo juzgaban la apariencia de la persona, miraban al exterior, pero no accedían al fondo de lo dicho.
Y por eso se preguntaban: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros? ¿Qué no es este el carpintero, el hijo de María?” (Mc.6).
No hay que olvidar, que Dios habla a través de la persona que menos imaginamos.
Por qué en Dios, nada es exclusivo; no permanezcamos en lo exterior, accedamos al fondo de lo dicho. Y ahí, encontraremos la palabra que pueda salvarnos.
Pbro. Lic. Salvador González Vásquez.
Evangelio del día
Lectura del santo Evangelio según San Marcos 6, 1-6
En aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando