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Las pasiones de Monsiváis fueron la lucha libre, cine y rock nacional

El crónista de la ciudad de México, Carlos Monsiváis tuvo sus grandes pasiones; y por eso fue un profundo conocedor de la lucha libre, el cine mexicano y el rock and roll nacional.


El crónista de la ciudad de México, Carlos Monsiváis tuvo sus grandes pasiones; y por eso fue un profundo conocedor de la lucha libre, el cine mexicano y el rock and roll nacional.

Claro que aún hay mucho por descubrir y decir de las pasiones no tan secretas del mejor cronista urbano que ha tenido el enmarañado, caótico, pero a su vez increíble Distrito Federal, entre escapadas que hizo a la Arena Coliseo, o a la México, donde accionó ese lenguaje de inventiva delirante que acabó brindándole otro concepto alucinatorio, tanto al arte tele(correo)grafiado que es la lucha libre, como a sus llaves de rendición (La Tapatía, La Quebradora), así como a la máxima deidad que ha dado el arte del pancracio para la posteridad: El Santo.

De Rodolfo Guzmán Huerta siempre dio puntual fe, mucho antes de ese especial en el Quinto Aniversario del Plateado que transmitió Televisa en 1989, para luego merendarse como “Dios manda” (es decir, sabrosamente) al que durante toda su vida cinematográfica se enfrentó a toda clase de seres del más allá y el más acá. También pontificó sobre el arte del pancracio como Olimpo enmascarado, en el Espectacular de lucha libre, de Lourdes Grobet.

¿De dónde sacaba tanta imaginación?, tal vez del mismo lugar donde escogía las palabras para reinventar a Luismi, El Niño Fidencio, a Gloria Trevi o a connotados mitos como Pedro Infante, explicado, corregido y aumentado en “Las leyes del querer”.

Cine

Amante del cine en general, una vez en el consultorio cinematográfico del doctor Juan Heladio Ríos, en el Tianguis del Chopo, Monsivais pidió las películas de los Tres Colores, de Kieslowski, cuando este servidor (que lo conoció en ese paraíso cultural, que este año cumple sus 30 años) le dijo al galeno de las películas: “Ofrécele Amarillo”, a lo que Carlos se volteó preguntando “¿Ya salió?”.

En otra ocasión le pedí a Monsiváis si a Rafael Aviña, a Naief Yehya y a mí, nos presentaba en la Cineteca el ensayo que habíamos hecho sobre “El otro cine mexicano”, para la revista “Somos”. No había dinero pero había un pago en especie irresistible (conociendo su talón de Aquiles, en el cine mexicano de aventuras): un juego de ocho fotomontajes originales de “Las calaveras del terror” (1944) de Fernando Méndez. Con una emoción en la cara sólo apuró a decir riendo nerviosamente: qué día y a qué hora.

En el cine mexicano fue extra en la cinta “Un alma en apuros”, de Juan Ibáñez, en los 60. En 1965 hizo un cameo en “En este pueblo no hay ladrones”, e Ibáñez lo volvió a llamar, en el 66, para que hiciera una aparición (de Santaclós) en “Los Caifanes”. De ahí pa’l real hizo cameos en “Las visitaciones del diablo”, de Alberto Issac (1967), “Emiliano Zapata”, de Felipe Cazals (1970) y en 1991 con Lola la Trailera, en su segunda parte: “La guerrera vengadora”. Su último cameo fue en 2001, interpretándose como tal en “Un mundo raro”, de Armando Casas. Nada más porque no le tocó Juan Orol, que si no…

Rock and roll

Su primer ligue con el rock and roll se da en 1965, cuando debuta como letrista con “The Tepetlates”, en el Arau A Go Go. Estuvo presente en el primer desembarco bachatero de Juan Luis Guerra en el Premier y participó en “El Circo”, de la Maldita Vecindad con las “bombas”.

Tal vez su mejor aportación al rock mexicano se da en el ensayo “Soltar vapor”, en la revista Siempre, en los 70, en donde con el trasfondo del Salón Chicago (en Peralvillo) y la figura de Paco Gruexxo, retrato la neta del hoyo funki, término inventado por Perménides García Saldaña.

 

 

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