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Los pugs y la deformación animal como capricho y egoísmo humano

Agencias | 17/09/2019 | 22:56

Solemos creer que la crueldad y el maltrato animal sólo se manifiestan a través del aislamiento, la mutilación, violencia física, explotación o abandono. Sin embargo, existe una forma aún más cruel de hacer daño a los animales, exclusiva de los humanos, que no sólo se limita a un sólo ejemplar, sino que actúa sobre una raza o grupo determinado y se perpetua más allá de la vida, con efectos nocivos que se alargan generación tras generación.
 
A diferencia de la selección natural, que se encarga de elegir a los individuos mejor adaptados al entorno para asegurar su reproducción y descendencia, dotándolos de caracteres evolutivos que responden con éxito al medio, la selección artificial puede seguir un derrotero totalmente distinto. En el peor de los casos, la reproducción continúa y sistemática de estas cruzas sin reparar en la salud, puede generar organismos incapaces de subsistir por sí mismos, menos adaptados y con graves problemas genotípicos y seguir el curso vital de cada especie, dando como resultado la existencia de organismos que naturalmente nunca habrían existido.
 
El mejor ejemplo de un proceso de selección artificial irresponsable y sus consecuencias son los pugs. Detrás de las características que hacen de esta raza la favorita de millones de personas alrededor del mundo, se esconden un cúmulo de enfermedades que revelan no sólo ignorancia humana, también y por supuesto, crueldad animal oculta de amor y cuidados.
 
El origen de los pugs
El origen de esta raza data desde la antigua China, cuando se utilizaban como animales de compañía para la realeza; sin embargo, los pugs de entonces eran distintos a los que conocemos hoy. Numerosas obras de arte de inicios del siglo XIX (justo antes de la existencia de clubes de crianza canina) dan cuenta de la morfología original de la raza, cuyas características no variaban en demasía con respecto a los perros promedio, con un cráneo de hocico prominente, cola angulada sin forma de rosca y una cruz alta, además de patas acordes a su altura.
 
El origen de esta raza data desde la antigua China, cuando se utilizaban como animales de compañía para la realeza. 
 
Los estragos después de casi doscientos años de selección y crianza –cerca de dieciséis generaciones caninas– elegidas por el hombre y su egoísmo, son evidentes: los pugs sufren comúnmente de infecciones y otros problemas oculares, debido a que su hocico alargado, propio de los caninos, se consideró un rasgo del que se podía prescindir y en su lugar, eligieron los ojos grandes y separados, cuyos párpados son insuficientes para evitar contacto con agentes externos.
 
Sus modificaciones
Los estragos después de casi doscientos años de selección y crianza –cerca de dieciséis generaciones caninas– elegidas por el hombre y su egoísmo, son evidentes: los pugs sufren comúnmente de infecciones y otros problemas oculares, debido a que su hocico alargado, propio de los caninos, se consideró un rasgo del que se podía prescindir y en su lugar, eligieron los ojos grandes y separados, cuyos párpados son insuficientes para evitar contacto con agentes externos.
 
En su lugar, apareció una nariz achatada y una mandíbula exageradamente pequeña, que redujo las cavidades nasales, provocando la aparición de razas braquiocefálicas con problemas para respirar, una regulación deficiente de temperatura, dificultad para tragar y trastornos como la apnea del sueño y el reflujo gastroesofágico. La notable disminución de su tamaño, acompañada del aumento de su peso los hace poco aptos para ejercitarse y propensos a desarrollar obesidad. Su condición atlética natural desapareció debido a lo corto de sus patas. 
 
En septiembre de 2016, la Asociación Británica de Médicos Veterinarios inició una campaña enfocada a los amantes de los animales y propietarios de mascotas para evitar adoptar y hacerse de esta raza. Consecuencia a que los casos de pugs con enfermedades propias de su fisonomía y los cambios provocados por la selección artificial repuntaron trágicamente en el Reino Unido y en la mayoría de los casos, la mejor opción para librar a estas criaturas del sufrimiento era optar por la eutanasia.
 
El llamado no tuvo el suficiente eco mediático y su repercusión no generó la conciencia suficiente como para evitar la adopción y reproducción de esta raza. Pocas asociaciones, medios de comunicación y sociedades canófilas respondieron a la campaña, ya que en lo alto de la cadena de reproducción canina se encuentran los clubes de crianza, auspiciados por veterinarios y empresas dedicadas a las mascotas, que ganan millones de dólares por ofrecer animales de "raza pura" y que al mismo tiempo –y en palabras de The Guardian– son un desastre anatómico. 
 
Por más complicado que resulte digerirlo, la raza lleva consigo una huella indeleble de la violencia y el egoísmo humano, que no se materializa en golpes ni se expresa a través de moretones, mutilaciones o sangrado, sino en el ADN. En las mutaciones que produjo la absurda obsesión humana por encontrar una cara redonda y bobalicona, que hizo que de una especie, hace tres siglos, sana, se convirtiera en un desastre anatómico.

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