C O M P A R T I R

San Luis a prueba de fuego

Pedro Cervantes Roque | 13/05/2019 | 16:12

Entre Papeles

NO ES UNA OCURRENCIA producto del sinquehacer, la expresión de que el estado está a prueba de fuego. La incineración de nuestros bosques y estepas ocurre en momentos en los que -por otras causas- también son objeto de codicias, de disputas y ataques frecuentes. Tras ellos, el factor político destaca entre el humo y el fragor de las llamas alentadas por los vientos fuertes que en esta época soplan en caprichosas direcciones. Si lo tuviera que decir en tres palabras diría que no solo el fuego acaba nuestras riquezas forestales.

SIN EMBARGO, NO TODO LO QUE perjudica nuestro territorio es motivo de alarma de la población ni preocupa a las autoridades gubernamentales que observan despreocupados el panorama ante su displicente mirada. La biznaga, por ejemplo, es una cactácea en extinción porque los dulceros de todo el país han agotado su reserva en nuestro Altiplano y ni qué decir de otras especies que han dejado de verse en nuestros llanos porque los depredadores humanos transitan en completa libertad en los cuatro rumbos imponiendo sus condiciones.

PERO LO QUE OCURRE AHORA EN la Sierra de San Miguelito ha rebasado los niveles de la preocupación para convertirse en alarma frente a la actuación de malnacidos que le prenden fuego al monte solamente porque se sienten dueños del mismo, o porque desean llamar la atención de los demás causando el daño que todos vemos angustiados. Las llamas que consumen árboles, arbustos y pastos en la sierra producen también las versiones más increíbles sobre las causas y sus consecuencias.

VEAMOS. LA SIERRA TIENE UNA superficie de alrededor de 600 mil hectáreas. Sus propietarios son ejidatarios, comuneros, particulares y la Federación. El foco de atención, sin embargo, tiene bajo la lupa solamente unas 36 mil hectáreas que son propiedad común de los comuneros de San Juan de Guadalupe. De ellas, están en negocio con empresarios inmobiliarios unas 6 mil hectáreas, es decir, les quedaría una superficie suficiente para los fines que quieran, menos para la producción agropecuaria porque ninguno ha acreditado que vive de esa actividad, ni produce siquiera lo que se comen utilizando las tierras que les pertenecen.

SI TODO ESO NO FUERA suficiente, los comuneros son manipulados por destacadísimos funcionarios gubernamentales que están muy interesados en que su intervención tenga un precio alto y se puedan beneficiar ellos y quienes de ellos dependen. Las tierras comunitarias todavía no son tocadas por esa ficticia varita de la plusvalía, pero los empresarios disimulan la avaricia con el pretexto de que han casi pactado un 60-40 con los dueños del terreno porque ellos ponen la transformación urbana y los comuneros el terreno.

TODOS LOS PARTICIPANTES EN este enredoso caso tienen la convicción de que el resto de la población de la ciudad nada tiene que ver en las negociaciones y de que, importándonos madre lo que hagan o no, el arreglo entre ellos es cosa absolutamente suya y de nadie más. Se agregan, al complejo asunto, sujetos que están acostumbrados a vivir del conflicto, que bajo el hábito de “activistas sociales” pretenden salir de pobres con el mismo propósito que tienen todos los demás mencionados.

ASÍ LAS COSAS ¿POR QUÉ NO SE ve a uno solo de los aquí mencionados echando paladas de tierra al fuego para que no avance en la sierra de San Miguelito? El respetable piensa que lo menos que se merecen es una sonora mentada de madre a todos. Sin excepciones.

pedrocervantesroque@yahoo.com.mx

 

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