Elizabeth Taylor se casó 8 veces, ganó tres Oscar y se distinguió por su labor altruista.
“Nunca es tarde para vestirse de novia”, declaró una vez Elizabeth Taylor, quien se casó ocho veces en su vida.
Elizabeth Taylor nació en Londres, el 27 de febrero de 1932. Considera siempre una mujer de gran corazón. Een él albergó el amor por siete hombres, fue la primera actriz que se convirtió en el rostro y la voz de los enfermos de VIH en Estados Unidos y, en los últimos años de su vida fue operada del corazón para reemplazar una válvula con filtraciones. Finalmente, murió de una falla cardíaca los 79 años (23 de marzo de 2011).
Para bien o para mal, su vida y su carrera le hizo vibrar las emociones, los sentimientos y las pasiones. La mujer de los ojos violetas adoptada por Hollywood desde su adolescencia, siempre se supo apasionada. No conoció de límites. Ella engrosa la lista de las divas inmortales de la pantalla grande, acaparó siempre la prensa con sus excentricidades, fue la confidente de Michael Jackson y fanática de las joyas.
Su primera lucha desde muy joven, antes de los hombres, fue contra el peso, sus cambios de peso eran notorios desde que se hizo señorita y, en consecuencias, desarrolló una diabetes a los 40 años. Incluso, pudo haberse convertido en la primera celebridad víctima de anorexia o bulimia, pero ella nunca dejó de comer porque era amante de la buena mesa. Muchas veces confesó, en diversas entrevistas, cómo lograba obtener la talla “S”. En esas cátedras surgió el libro Elizabeth despega: el aumento y la pérdida de peso, la autoimagen y la autoestima (Elizabeth takes off, 1987).
Nunca fue egoísta. Ni siquiera en la intimidad. Lo compartió todo. En especial, sus historias amorosas. Ya a los 18 años se despedía de la soltería. Llegó al altar por primera vez del brazo de Conrad Hilton en un efímero matrimonio que apenas duró unos cuantos meses. Inmediatamente después, a los 20 años, contrae matrimonio con el actor británico Michael Wilding (tuvo dos hijos). Cuatro años más tarde ya se había divorciado para casarse con el productor Michael Todd, quien moriría un año después en un accidente aéreo y con quien concibió una hija. Seis meses después, se vistió de novia otra vez para contraer nupcias con el cantante y actor ocasional Eddie Fisher, exmarido de su gran amiga Debbie Reynolds. Cinco años duró este matrimonio.
Hasta que durante el rodaje de la película Cleopatra conoció a Richard Burton, su quinto marido y su más tumultuosa pasión. Sus peleas, sus reconciliaciones hicieron historia. Diez años después se divorciaron, para volverse a casar un año más tarde y separarse definitivamente en 1976.
Recién “redivorciada” de Burton aceptó la propuesta del senador John Warner y vivieron en un “feliz” matrimonio durante seis años donde salieron a relucir penosas historias de riñas y borracheras. En 1991 se casó con el albañil Larry Fortensky y terminó separándose cinco años después.
En voz de Richard Burton: “Ella es una amante que te vuelve loco, es tímida, ingeniosa, no se deja engañar, es una actriz brillante, bella hasta extremos. Supera los sueños de la pornografía, puede ser arrogante y obstinada, es clemente y cariñosa... Liz toleró mis imposibilidades y borracheras. Se convertía en un dolor de estómago cuando estoy lejos de ella, ¡y me quiere! Y yo la querré hasta que me muera”.
Desató este tipo de sentimientos. Incluso, con más intensidad. De acuerdo a los autores de la biografía “Elizabeth Taylor: There is nothing like a dame”, Darwin Porter y Danforth Prince, la actriz fue una mujer que dejó dicho que nunca había tenido conocimiento carnal de nadie con quien no se hubiera casado pero que al final resultó haber tenido encuentros de altos vuelos, a la altura de la otra gran leyenda femenina de la meca: Marilyn Monroe. Se especuló que fue amante del presidente John Fitzgerald Kennedy y realizó un trío con el actor Robert Stack. Además se suma el cuento de que también se entendió en un mismo día con Marlon Brando y Montgomery Cliff —quien se enamoró perdidamente de Taylor durante el rodaje de “Un lugar en el sol”, dirigida por George Stevens—.
Sobre su carrera podemos recordar que pasó del cine al teatro y la TV, en seis décadas de carrera suma en su currículo 75 títulos de películas sin mencionar sus trabajos en las tablas ni en la pantalla chica.
Ganó tres premios Oscar (Mejor actriz por “Una mujer marcada” en 1960, Mejor actriz por “Who’s afraid of Virginia Woolf?” en 1966 y Premio Humanitario Jean Hersholt en 1994 ), cinco Globos de oro, tres premios Bafta británicos y el David de Donatello. Además, la reina Isabel II de Inglaterra la condecoró con el título de Dame, equivalente del masculino Sir.
Entre los éxitos también devenía su salud. Cuando consiguió alzarse con el Oso de Plata como Mejor actriz por su trabajo en “Pacto con el diablo” se dividía su historia, ahora se convertía en una mujer diabética. Liz no tuvo reparo en reconocerlo: “Por llevar una vida muy sedentaria y una alimentación absolutamente absurda, centrada solo en adelgazar, ahora vienen las consecuencias”. Nunca fue muy aficionada a los deportes pero sí le encantaba cabalgar, nadar y caminar, aunque los abandonó por completo cuando más lo necesitaba. A la par le provocó una insuficiencia cardíaca.
En 1985, a sus 53 años, mientras volvía a retomar su salud, un golpe muy duro le hizo tomar fuerza por una nueva lucha. Su amigo Rock Hudson, con quien había protagonizado el clásico Gigantes en 1956, moría de sida. Entonces, la actriz creó la American Foundation for Aids Research (amfAR), una de las organizaciones no gubernamentales más prestigiosas en la investigación del sida y su prevención.
“Me gustaría ser recordada por mi lucha contra el sida”, expresó 10 años después la diva y musa del artista plástico Andy Warhol, quien la inmortalizó en una de sus pinturas popart en 1963.
El corazón generoso de Liz Taylor también albergó simultáneamente otras fundaciones de causas benéficas, como “Project Angel Food”, un programa de alimentación para personas con enfermedades terminales; o “Dogs Deserve Better”, una organización sin fines de lucro por la defensa de los derechos de los perros y las mascotas. También apoyaba las iniciativas solidarias de otros famosos como de su amigo Michael Jackson (al que siempre defendió de las acusaciones de pederastia) y la de Elton John.
A pesar de ser considerada un ícono de belleza, la diva del cine tenía las piernas muy cortas. Cuando tenía veintitantos años casi perdió un ojo y una pierna en un accidente. Nunca pasó un día sin perfume y soñó con tener el suyo propio 25 años antes de lanzarlo, el nombre de su última fragancia se lo pusieron sus seguidores en Twitter.
Alguna vez dijo que los nervios son la némesis de todos los actores. Nunca tomó clases de actuación, a pesar de que muchas personas creían que las necesitaba. Ella solo buscó llenar su corazón de generosidad y practicó la idea de que se podía estar cerca de Dios en cualquier lugar. Así lo vivió y permanece allí.