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SanArte4: Suelta y confía

Si nos contamos la historia de que está en nuestras manos el control de solucionar lo que está fuera de nuestro alcance, ya sea porque ha sido un mecanismo de supervivencia desde la infancia o porque nos falta trabajar en la virtud de la humildad, es muy posible que el sufrimiento no cese en nuestra estadía en la tierra. 
 
Por supuesto que la disciplina, incluso el rigor, la responsabilidad, el enfoque, el asertividad y la estamina, son cualidades y virtudes de una persona que ha desarrollado una madurez muy apreciable y afortunada, a la par que un logro en la existencia humana, pero cuando se vuelve obsesión y control, puede cambiar de ser un valor o virtud a ser testarudez o soberbia. 
 
El elemento clave o medicina para este mal es la conexión con un poder superior, es decir, algo más grande, amoroso, poderoso y espiritual que se haga cargo de las situaciones que no están dentro de nuestras manos. No necesariamente tiene que ser algo religioso, podemos llamarle vida, por ejemplo. 
 
Si dejamos a la Vida como la grande que se haga cargo de todas aquellas circunstancias, personas, temas o dolores que nos sobrepasan, entramos en un riel de sincronicidad que nos quita lastres y pesos inconmensurables de encima. Por ejemplo, ante la enfermedad de alguien amado, ya sea física, mental, emocional o espiritual, por supuesto que podemos acompañar, amar, proveer y ayudar, pero en ocasiones esa persona a nivel conciente o inconsciente no se decide por encontrar la medicina y tratarse. 
 
¿Qué hacemos ante lo inconmensurable? No se trata de quedarnos de brazos cruzados, podemos trabajar en equipo, encontrar soluciones juntos, pero lo inevitable está siempre detrás de las puertas, recordándonos nuestra finitud. 
 
No alcanzamos a ver cuáles son las programaciones, lealtades, memorias y ataduras que tienen otras personas y les queremos ayudar desde nuestra propia experiencia, cuando la verdad es que estamos viendo únicamente un porcentaje nimio de sus circunstancias. 
 
Y es que los temas del alma son de otro orden. No sabemos todas las historias ancestrales que esa persona carga, habita y pone en escena. Cuando hay voluntad de la otra parte, podemos acompañarle en su proceso, pero si no la hay, la medicina es la humildad, es la aceptación, es soltar con amor a ese Ser, confiando en que la luz Divina es la guía, el camino y la bendición y sobre todo, dignificar a esa persona, viéndole en su grandeza, es decir, confiando en que puede con lo suyo, más que nada cuando no está pidiendo ayuda y es un asunto más que del otro de uno mismo. 
 
No es el malestar del otro, es más bien, el malestar propio que se sufre por mirar la decadencia, la enfermedad, las intrincaciones familiares, la desgracia del otro. Allí es donde hay que pedir al cielo fortaleza. 
 
Esta vida está llena de duelos, pero también de fe y de regeneración. Soltar lo que no está dentro de nuestro control directo, como grandes problemáticas universales es de sabios y no se trata de conformarse o estar de acuerdo, pero el acto heroico más grande que podemos hacer, es cambiar lo que si podemos, que es a nosotros. 
 
No puedo salvar a todas las víctimas de cualquier maldad, pero si puedo amarme con tanta fuerza que mi emancipación, liberación y sanación ya están contando en el mundo. No puedo, ni aunque sea una persona medicinal, acompañar a sanarse a todas las personas, pero puedo crear en mi vida buenos hábitos, una alimentación correcta para mis sistemas, libre de violencia y concienzudamente nutriente. 
 
No puedo hacer que quienes no son escuchados por personas cerradas a hacerlo lo sean, pero puedo expresar mi verdad con respeto en un altavoz. Siempre hacia adelante en el servicio con el otro, conmigo mismo(a), pero con la sabiduría suficiente para soltar lo que realmente ya no está en mis manos. 
 
Soltar y confiar no es que no me importe, no es indiferencia, no es irresponsabilidad ni dejar de fortalecer y fortalecerme en el amor al prójimo, sino que, incluir a esa parte que deviene al cerrar los ojos, ese origen, esa luz, esa dulce compañía espiritual que logra acomodar todo cuando ya no vemos más camino, cuando la mente no nos da para más, cuando ya no sabemos cómo resolver y ya no encontramos respuestas. 
 
Dar mirada a lo inevitable sin dejar de respirar es un acto de valentía. Abrir las manos para que el agua siga su cauce en el río y sentir su caricia, en vez de intentar retenerla en puños, por lo que no fue, por lo que dolió, por el perdón que no llegó, por lo que aun no entiendo, por lo que no pude solucionar. 
 
Entonces rendirte ante lo que no está en tus manos es quitarte un peso de la espalda que te dejará seguir caminando, siempre encontrando nuevos parajes, nuevos amores, nueva sabiduría y mucha honra para lo que ya cumplió su ciclo en tu vida, fuerte, siempre muy fuerte. Suelta y confía. Suelta y confía. Suelta y confía.
 
Gracias por caminar juntos.
 
Tu terapeuta.
 
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