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Washington cambia de color; la cautela no

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La victoria demócrata en las elecciones intermedias del 3 de noviembre abrió una nueva etapa política en Washington. El partido opositor se encamina a controlar ambas cámaras del Congreso, un revés contundente para Donald Trump y una señal del descontento de muchos votantes con el costo de la vida y el rumbo de su gobierno. Pero para México, celebrar antes de tiempo sería confundir un contrapeso legislativo con un cambio de política.

La nueva mayoría podrá dificultar la aprobación de reformas, presupuestos y otras iniciativas presidenciales. También tendrá más herramientas para investigar y someter a escrutinio a la Casa Blanca. Sin embargo, el resultado no borra las facultades del Ejecutivo en materia comercial ni garantiza que los aranceles desaparezcan. Un Congreso más dispuesto a cuestionar a Trump no equivale a un Congreso automáticamente favorable a México.

Incluso amigo lector existe una paradoja que conviene no pasar por alto: cuando un presidente encuentra obstáculos en el frente interno, puede buscar victorias en otros terrenos y endurecer su discurso hacia el exterior. No es un desenlace inevitable, pero sí un riesgo que obliga a mirar con serenidad. La derrota electoral debilita a Trump; no necesariamente lo vuelve más previsible ni más moderado.

Tampoco hay razones para suponer que los demócratas serán aliados naturales del gobierno mexicano. Sus prioridades pueden coincidir con las de México en algunos asuntos, pero eso no significa que renuncien a defender los intereses de sus trabajadores, productores y empresas. En comercio, migración y empleo, el respaldo partidista suele tener límites claros: cada fuerza política responde, ante todo, a su propio electorado.

La revisión del T-MEC, por tanto, exigirá algo más que confianza en el nuevo equilibrio legislativo. México tendrá que sostener una posición técnica, firme y bien documentada, especialmente frente a los aranceles que afectan al acero, el aluminio, los automóviles y los productos agrícolas. Esperar concesiones gratuitas de Washington sería una estrategia tan débil como suponer que el resultado de una elección resuelve por sí solo una disputa comercial.

En San Luis Potosí, la prudencia tiene un sentido concreto. La industria y el campo dependen, en distinta medida, del acceso al mercado estadounidense. Para quienes exportan berries, hortalizas y jitomate, las barreras y los gravámenes pueden traducirse en costos, pérdida de competitividad e incertidumbre. La nueva composición del Congreso quizá abra vías de presión o de litigio a mediano plazo, pero no ofrece alivio inmediato.

Además, los aranceles pueden terminar perjudicando a quienes se pretende proteger. Si encarecen insumos y alimentos, el costo recae también en las familias estadounidenses. Ese argumento puede ser útil en una negociación, siempre que se acompañe de evidencia y de una estrategia consistente; por sí solo, no basta para desmontar medidas proteccionistas.

La elección estadounidense deja una lección para México: los contrapesos importan, pero no sustituyen una política exterior y comercial propia. Conviene observar cómo se traducen los resultados en decisiones concretas, mantener abiertos los canales de diálogo y defender con rigor los intereses nacionales y regionales. La derrota de Trump merece atención; mas no todavía, campanas al vuelo.

HASTA LA PRÓXIMA.

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