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La noche en que la ciudad encendió sus recuerdos

En el Centro Histórico, la tradición de Xantolo ocupa las plazas con altares, comparsas y figuras de catrinas y catrines

San Luis Potosí, SLP.- El 31 de octubre, cuando el reloj se acerca a las siete y la tarde empieza a retirarse, San Luis Potosí cambia de rostro. La luz se apaga poco a poco sobre las calles y, en su lugar, aparecen los destellos de las velas, las guirnaldas y las lámparas de colores. Las fachadas se llenan de calaveras, catrinas y figuras que sonríen desde las ventanas. De algunas casas salen sonidos de espanto; de otras, música y risas. La noche apenas comienza, pero la ciudad ya parece haberse puesto un disfraz.

Entonces aparecen los primeros niños. Caminan de la mano de un adulto, llevan una calaverita entre los dedos y avanzan con esa mezcla de valentía y emoción que solo se siente cuando uno sabe que detrás de la siguiente puerta puede haber dulces. Chucky, Ghostface, Sally, una bruja, un vampiro, Merlina, Harley Quinn o el payaso de Eso recorren las banquetas. También hay superhéroes, personajes de caricaturas y de películas. Este año, muchos pequeños eligieron a los juguetes de Toy Story.

Afuera de las casas y los negocios, personas disfrazadas esperan con canastas. Cuando escuchan el grito de “¡dulce o truco!”, se inclinan para recibir a los niños y dejar caer golosinas en sus recipientes. Por un instante, la calle se convierte en escenario, las máscaras se cruzan, las capas ondean y las calaveritas tintinean con cada paso. La emoción no se queda en los centros comerciales ni en las avenidas principales; va de puerta en puerta, se mete en las colonias y convoca a familias enteras.

Pero hay otra parte de la ciudad que también se prepara para recibir a quienes regresan, al menos en la memoria. En el Centro Histórico, la tradición de Xantolo ocupa las plazas con altares, comparsas y figuras de catrinas y catrines. El cempasúchil pone su naranja sobre el camino; el copal deja en el aire su aroma profundo. Entre el pan de muerto y el zacahuil, las familias se detienen a mirar los adornos, escuchar las leyendas y observar a los huehues bailar.

Niños, jóvenes y adultos mayores avanzan entre los colores y las ofrendas. Algunos toman fotografías; otros se quedan frente a un altar, siguiendo con la mirada cada detalle. Las plazas parecen contar historias sin necesidad de hablar, ahí están las flores, las velas, las imágenes y los objetos que recuerdan a quienes ya no están. Xantolo no solo se mira. También se escucha en los pasos de las comparsas y se respira en el humo del copal.

En las casas, mientras tanto, las familias disponen sus altares. Colocan fotografías, veladoras, flores de cempasúchil y los platillos que les gustaban a sus seres queridos. La mesa se vuelve un lugar de encuentro entre el cariño y la ausencia. Cada objeto parece decir, aquí te recordamos; aquí sigue tu lugar. El olor de las flores entra por las habitaciones y acompaña las conversaciones, las anécdotas y esos silencios que aparecen cuando alguien pronuncia un nombre querido.

La nostalgia se hace más visible en los panteones. El Saucito, con más de 100 mil fosas y prácticamente al límite de su capacidad física, se preparaba para recibir alrededor de 15 mil visitantes durante los momentos de mayor afluencia. En Soledad, sus dos cementerios municipales estimaban más de 8 mil personas; en Villa de Pozos, se proyectaba la llegada de unas 3 mil 500. Las cifras anticipaban una jornada concurrida, pero cada visita tenía su propia historia, una tumba arreglada, unas flores acomodadas con cuidado, una familia reunida frente a un nombre grabado en piedra.

Allí la celebración baja la voz. Alguien limpia una lápida; otra persona coloca una vela y se queda mirándola. Hay quienes conversan con sus difuntos como si el tiempo no hubiera pasado y quienes solo permanecen en silencio. En esos gestos cabe una tristeza serena, la de extrañar y, al mismo tiempo, agradecer que la memoria conserve todavía un rostro, una risa o una comida favorita.

Cerca de las diez de la noche, algunas iglesias se vuelven espacios de quietud. Fieles, muchos de ellos adultos mayores, permanecen en oración y velan al Santísimo durante la noche. Afuera, una luna llena ilumina los techos y las calles. En torno a estas fechas también circulan temores y relatos sobre prácticas oscuras; frente a ellos, quienes participan en la vigilia encuentran consuelo en la oración y en la compañía. Dentro del templo, las palabras se dicen en voz baja y las velas sostienen su luz, mientras la ciudad continúa celebrando afuera.

Así transcurre la noche, entre el juego de los disfraces y la solemnidad de las ofrendas, entre los gritos de los niños y las plegarias de quienes velan, entre una plaza llena de música y un panteón en silencio. Halloween pinta las calles de fantasía; el Día de Muertos y Xantolo las llenan de nombres, aromas y recuerdos.

Al final, las velas se consumen y las canastas regresan a casa con dulces. Las flores permanecen junto a las fotografías y, en algún momento, la música se apaga. Pero algo queda encendido, la certeza de que recordar también es una forma de acompañar. Porque esa noche, entre máscaras y altares, San Luis Potosí no solo celebró a sus muertos ni jugó a espantar a los vivos. Por unas horas, abrió las puertas —las de las casas, las plazas y la memoria— para que la alegría y la ausencia pudieran caminar juntas.

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