columnas

Se busca ciudad (I)

'Bulevar de Ideas'

X: @jchessal

Con esta entrega arrancamos una serie de cuatro columnas seriadas que se entregarán por esta y tres semanas más. Vamos al tema.

A Truman Burbank le tocó vivir en la ciudad ideal. Fachadas impecables, jardines cortados con paciencia, vecinos siempre dispuestos a saludar y un cielo que jamás estropeaba los planes de nadie. En “The Truman Show”, aquella perfección tenía un pequeño inconveniente. Seahaven era un decorado y su habitante más famoso ignoraba que cada gesto suyo estaba siendo vendido a una audiencia. No había una ciudad detrás de la postal, sino una empresa encargada de producirla en esta película de Peter Weir estrenada en 1998, cuando todavía parecía extravagante imaginar una vida entera convertida en espectáculo.

Hoy muchas ciudades han empezado a comportarse como si necesitaran un productor que decidiera qué imagen conviene ofrecer y qué partes del paisaje es preferible dejar fuera del encuadre. Se contratan campañas, se inventan lemas, se celebra la llegada de visitantes y se anuncian inversiones con un entusiasmo que rara vez se reserva para una banqueta reparada.

En su libro “Antes todo esto era ciudad”, Pedro Bravo examina esa mutación del gobierno urbano en una especie de oficina de mercadotecnia. El municipio deja de presentarse como una comunidad de personas con necesidades diversas y aspira a convertirse en una marca reconocible. Su éxito, entonces, parece depender de que la ciudad sea fotografiable, competitiva y deseable para quienes aún no viven en ella. Los vecinos, que antes eran la razón de ser del lugar, corren el riesgo de transformarse en parte de la escenografía.

La operación resulta especialmente eficaz cuando se presenta como una defensa de la identidad. Se seleccionan unos cuantos símbolos, se iluminan monumentos y se repite una versión amable de la historia local. Entretanto, quedan fuera del relato las contradicciones que también forman parte de ese patrimonio, los oficios que desaparecen y las personas cuya vida cotidiana no produce imágenes seductoras.

Conviene preguntarse quién elige los recuerdos oficiales y qué ocurre con quienes no aparecen en ellos.

La promoción de una ciudad no tiene nada de censurable por sí misma. Atraer visitantes, conservar patrimonio y generar oportunidades económicas puede beneficiar a todos. El problema aparece cuando la imagen termina gobernando a la realidad. Una plaza puede lucir magnífica en un anuncio y resultar incómoda para quien necesita sombra a mediodía o una calle puede recibir elogios por su renovación mientras quienes comerciaban allí descubren que sus ventas bajan.
En San Luis Potosí conocemos bien la seducción de las imágenes. El centro histórico ofrece una belleza que merece cuidado y difusión, pero la experiencia urbana no termina donde concluye el recorrido turístico, también existe en las colonias que esperan transporte digno, en las banquetas interrumpidas, en los barrios cuya identidad no cabe en un folleto.

La verdadera reputación urbana empieza cuando las personas pueden apagar el escenario y seguir sintiéndose en casa.

 

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