columnas

Celular en las escuelas: ¿sí o no?

Realidades sin timbre ni recreo

Hoy en día el celular se convirtió en uno de esos temas que dividen a los maestros: muchos somos los que ya estamos cansados de pedir a los estudiantes que lo guarden durante la clase, otros reconocemos que también puede ser una herramienta útil y, mientras tanto, ahí está, en las manos de nuestros alumnos, acompañando cada momento de la jornada escolar. Ahora que se ha anunciado su regulación en las escuelas, los invito a pensar qué estamos ganando y qué podríamos estar dejando de lado.

Quienes estamos frente a un grupo sabemos que este asunto no comenzó ayer ni se resuelve simplemente diciendo “guárdalo”. Hemos visto al estudiante que asegura estar buscando información para la clase mientras responde un mensaje, al que toma una fotografía del pizarrón y después pasa buena parte de la hora revisando redes sociales, al que espera con ansiedad el recreo para volver a conectarse y también al que, aun sentado entre sus compañeros, parece estar físicamente en el salón, pero mentalmente en otro sitio. También hemos visto el otro lado: estudiantes que utilizan su teléfono para consultar información, tomar fotografías de evidencias, elaborar una actividad, acceder a una plataforma educativa o resolver alguna necesidad particular.

Por eso quizá el debate no debería reducirse a una pregunta tan sencilla como “¿celular sí o celular no?”. Considero que la verdadera discusión radica en: ¿qué lugar debe ocupar un dispositivo que forma parte de la vida cotidiana de nuestros adolescentes dentro de un espacio destinado, precisamente, a aprender, convivir y relacionarse con otros?

Los datos recientes ayudan a dimensionar este cuestionamiento. De acuerdo con los resultados de PISA 2025 publicados por la OCDE, en México los estudiantes reportaron utilizar dispositivos digitales en la escuela alrededor de 1.5 horas diarias para actividades de aprendizaje, pero también 1.2 horas para actividades de ocio; además, 37 % señaló que sus compañeros se distraen frecuentemente por el uso de dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de Ciencias, porcentaje superior al promedio de la OCDE, que fue de 28 %. Hay otro dato al cual debemos poner mucha atención: en México, los estudiantes que acudían a escuelas donde no se permitía el uso del celular en las instalaciones tenían alrededor de 25 % menos probabilidades de reportar distracción digital.

Esto no significa que el celular sea responsable de todos los problemas de aprendizaje, ni sería serio afirmarlo. El rendimiento escolar depende de múltiples factores y la propia evidencia internacional muestra que la tecnología puede ser útil cuando tiene un propósito pedagógico claro. Lo que sí parece difícil de ignorar es que un dispositivo diseñado para captar nuestra atención puede competir con facilidad contra una explicación de matemáticas, una lectura, una conversación entre compañeros o incluso contra el silencio necesario para pensar.

México, además, no está comenzando desde cero. Antes del acuerdo nacional, 16 entidades federativas ya contaban con algún tipo de regulación sobre dispositivos digitales en las escuelas. Durante agosto de este año, la Secretaría de Educación Pública consultó al magisterio sobre el tema y, según informó la propia SEP, 81 % de las personas participantes manifestó estar de acuerdo con establecer reglas y lineamientos para regular su uso.

Y ahora la discusión dejó de ser solamente una conversación entre docentes, madres, padres y estudiantes. El 22 de septiembre de 2026 se publicó en el Diario Oficial de la Federación el Acuerdo número 09/09/26, mediante el cual se establecen condiciones para el uso responsable y seguro de dispositivos digitales personales y tecnologías de aprendizaje en las escuelas. En educación básica, especialmente en primaria y secundaria, se restringe el uso de teléfonos celulares y dispositivos personales durante toda la jornada escolar; existen excepciones para situaciones de emergencia y para actividades pedagógicas previamente planeadas y autorizadas. La medida comenzará a aplicarse el 3 de noviembre de 2026.

Ojo estimado lector, no se trata de que el estudiante tenga prohibido llevar el teléfono a la escuela, sino de que no podrá utilizarlo durante la jornada escolar, incluido el recreo, salvo las excepciones establecidas. En educación media superior la regulación será diferente y cada institución deberá establecer las condiciones de uso responsable y seguro; en educación superior se plantea fomentar ese uso responsable, respetando la autonomía universitaria.

Mientras sean peras o manzanas y mientras algunos otros países del mundo ya hayan tenido acuerdos parecidos al que apenas México implementó; lo cierto es que de una u otra forma se está tomando en cuenta esa petición del magisterio en regular el uso de los celulares en las escuelas.

Pero los invito a mirar hacia otro lado: nosotros los docentes también tenemos celular. Algunos lo llevamos en la bolsa, sobre el escritorio, o incluso lo vemos sin que exista una verdadera necesidad. La diferencia es que hasta ahora la discusión pública se ha concentrado principalmente en lo que hacen los estudiantes.

Pero si vamos a pedirles que levanten la mirada de la pantalla, tendremos que preguntarnos primero cuánto tiempo somos capaces nosotros de levantarla de la nuestra.

La nueva disposición no establece para los docentes una prohibición equivalente a la que se plantea para estudiantes de educación básica, pero eso no significa que podamos desentendernos del mensaje educativo que hay detrás. Un maestro que pide concentración mientras responde mensajes en su teléfono está enviando dos discursos al mismo tiempo: uno con sus palabras y otro con su conducta. Y los educandos suelen ser mucho más observadores de lo que creemos.

La propia UNESCO advierte que prohibir dispositivos no resuelve por sí solo el desafío digital; la escuela también tiene la responsabilidad de enseñar pensamiento crítico, ciudadanía digital, manejo responsable de la tecnología y capacidad para desenvolverse en entornos digitales.

A partir de noviembre tendremos nuevas reglas, sí, pero también tendremos una oportunidad para observar qué sucede cuando una generación acostumbrada a estar permanentemente conectada vuelve a encontrarse con el silencio, con sus compañeros, con sus maestros y consigo misma. Los invito, estimados colegas, a observar qué sucede después de poner en práctica esto que tanto deseábamos y que pronto será una realidad.

Y los dejo con estas líneas que me salen después de pensar tanto en el tema que les acabo de compartir.

Guardar el celular en una mochila puede ser una regla; aprender a controlar la necesidad de consultarlo es una formación.

OTRAS NOTAS