Libertad de opinión
¿En qué parte de la Constitución Mexicana se establece que existen gobernantes y gobernados? ¿Por qué políticos, periodistas y hasta mismos ciudadanos utilizan estos términos? Porque, desde mi perspectiva, el sistema ha logrado introducir en nuestro lenguaje una perversa inversión de los verdaderos roles: hacernos creer que quienes administran nuestros recursos están por encima de nosotros.
Llamar “gobernante” a quien recibe el mandato de administrar los recursos públicos distorsiona nuestra relación con el poder. Parece que hablamos de un rey, un monarca o un emperador, cuando debería ser exactamente al revés. El mandatario es nuestro empleado, está obligado a rendir cuentas de sus actos y de cada peso que maneja. Él se debe a nosotros, no nosotros a él.
¡Vaya diferencia entre ser mandante y sentirse gobernado! Durante generaciones hemos aceptado un lenguaje que coloca al ciudadano en una posición de inferioridad, como si fuera un súbdito. Lamentablemente, hasta los periodistas repetimos este error. Por fortuna, cada vez escucho a más personas que comienzan a cambiar el chip.
En los documentales históricos es común escuchar la palabra “gobernante” para referirse a conquistadores, emperadores romanos, reyes y virreyes de la Nueva España. ¿Cómo es posible que, siglos después, sigamos utilizando ese lenguaje para referirnos a nuestros empleados públicos? Son mandatarios, no monarcas.
¿Ha conocido servidores públicos que se niegan a informar cómo gastan el dinero público? Algunos actúan como si los recursos fueran de su propiedad y no tuvieran obligación de explicar nada. Esa arrogancia refleja precisamente lo que cuestiono: cuando alguien se siente dueño del poder, termina tratando al ciudadano como un subordinado.
Como ciudadanos y mandantes, nuestra responsabilidad es vigilar, supervisar, fiscalizar, cuestionar y exigir cuentas. No somos súbditos obligados a guardar silencio ni a agradecer lo que se paga con nuestros propios impuestos.
México necesita una ciudadanía que ejerza su papel de mandante todos los días. Sé que cambiar una mentalidad acostumbrada durante generaciones a obedecer sin cuestionar no será sencillo. Pero cuando entendamos que el poder público debe servir al ciudadano y no servirse de él, habremos dado un paso enorme para despertar millones de conciencias.
Yo pongo mi parte. ¿Y usted?