Este lunes se conmemora el Día Mundial contra el Cáncer de Mama con el objetivo de sensibilizar a la sociedad sobre la importancia de la detección precoz, el diagnóstico temprano y el tratamiento oportuno de esta enfermedad. El exceso de peso no es un buen compañero de viaje para nuestra salud; de hecho, es un factor de riesgo para desarrollar diversos tipos de tumores, incluido este tipo de tumor. Sin embargo, un reciente estudio acaba de encontrar que el problema de la obesidad no es solo lo que hace, sino lo que deja de hacer.
Un equipo de investigadores del Instituto del Cáncer Huntsman de la Universidad de Utah ha publicado en la revista Science un descubrimiento con grandes implicaciones. Han hallado que nuestro tejido graso sano posee un mecanismo de defensa natural, una especie de "francotirador" bioquímico que aniquila las células del cáncer de mama. Sin embargo, parece ser que estar obeso desactiva por completo a este guardián.
Las mamas están compuestas en gran medida por células grasas llamadas adipocitos. La doctora Keren Hilgendorf y su equipo, liderado por la investigadora Meghan Curtin, decidieron comparar cómo se comportaban los adipocitos de un tejido mamario delgado frente a los de un tejido obeso. En los modelos preclínicos (y en tejidos de donantes humanos) descubrieron que los adipocitos delgados segregan de forma natural un lípido, un tipo de ácido graso específico conocido como 9S-HODE. Esta molécula actúa como un auténtico veneno para las células cancerosas. Cuando las células tumorales entran en contacto con el 9S-HODE segregado por la grasa sana, su crecimiento se frena en seco; es decir, que el cuerpo nos está protegiendo activamente.
Ferroptosis: el "botón de autodestrucción" celular
Para conseguir este objetivo, el 9S-HODE desencadena en las células tumorales un proceso letal llamado ferroptosis. A diferencia de la apoptosis (el suicidio celular programado tradicional), la ferroptosis es una forma de muerte celular que depende del hierro. 9S-HODE provoca que los lípidos que forman las membranas de las células cancerosas se oxiden y se dañen de manera irreversible gracias a la acción del hierro intracelular; casi como si la molécula encendiera una chispa en un almacén de pólvora, colapsando la estructura de la célula tumoral desde dentro.
Curiosamente, las células mamarias sanas son inmunes a este ataque. Tienen la capacidad de empaquetar sus grasas en pequeñas gotas protectoras, evitando así el daño oxidativo. El cáncer, es vulnerable.
La mala noticia llega tras observar el tejido adiposo obeso. A medida que las personas ganan peso, sus adipocitos aumentan de tamaño y cambian su comportamiento metabólico. Los investigadores descubrieron que los adipocitos obesos dejan de producir 9S-HODE. Al desaparecer este lípido del microambiente mamario, el cáncer pierde a su principal verdugo. Las células tumorales ya no se ven forzadas a entrar en ferroptosis, lo que les permite sobrevivir, multiplicarse y formar tumores mucho más agresivos.
“Sabemos que la obesidad suele ser un factor desencadenante del cáncer de mama, y ??los investigadores de nuestro campo suelen analizar cómo la obesidad fomenta la enfermedad. Sin embargo, no habíamos considerado realmente que la obesidad también pudiera implicar la pérdida de algo que nos protege de forma natural, aclara la doctora Hilgendorf. Es decir, la obesidad no solo pisa el acelerador del cáncer, sino que además corta los frenos.
Un nuevo horizonte terapéutico para el cáncer de mama
Las implicaciones de este estudio son enormes. Si la ausencia de 9S-HODE es lo que permite al cáncer campar a sus anchas en pacientes con obesidad, los investigadores se preguntaron qué pasaría si lo reintroducimos artificialmente. Hicieron experimentos en ratones obesos con tumores de mama establecidos. Resulta que, al inyectar 9S-HODE directamente en los tumores, el crecimiento del cáncer se ralentizó drásticamente.
Este hallazgo es muy esperanzador para el campo de la oncología. Aunque aún estamos lejos de ver un fármaco en las farmacias (se necesitan ensayos clínicos exhaustivos en humanos), la posibilidad de utilizar una molécula que nuestro propio cuerpo ya sabe fabricar para combatir el cáncer es increíble. “Esto nos ha abierto los ojos a nuevas formas de abordar la ciencia y esperamos poder aprovechar los procesos que nuestro propio cuerpo ya realiza para avanzar en la lucha contra esta enfermedad”, concluyen los expertos.