'Bulevar de Ideas'
En SimCity, el videojuego de construir ciudades había algo sencillo. Uno dibujaba calles, distribuía zonas residenciales y comerciales, colocaba servicios y esperaba que la población hiciera su parte y, cuando las cosas salían mal, bastaba con cambiar unas cuantas piezas del tablero. Los ciudadanos virtuales protestaban, pero nunca había que caminar veinte minutos bajo el sol para entender de qué se quejaban.
Esa diferencia explica bastante de nuestros problemas urbanos. Seguimos pensando la ciudad como si se mirara desde arriba, con edificios, avenidas, glorietas y manchas verdes perfectamente acomodadas, pero a ras de banqueta, sin embargo, el panorama cambia, porque allí importan asuntos mucho menos fotogénicos. Una rampa que termina en un poste, un semáforo que concede pocos segundos para cruzar, una parada de autobús sin asiento y, sobre todo, la ausencia de sombra.
La sombra parece un asunto menor hasta que uno necesita caminar a mediodía, pues entonces se convierte en una forma muy concreta de bienestar. Un árbol puede transformar una cuadra que se recorre con fastidio en un lugar donde alguien se detiene a conversar; una banca protegida del sol permite que una persona mayor descanse, que un repartidor haga una pausa o que una madre espere sin apresurar a sus hijos. Nada de eso suele aparecer en las fotografías de las obras.
Hemos desarrollado, en cambio, cierta debilidad por superficies amplias y despejadas, revestidas de materiales que lucen impecables al inaugurarse. De noche pueden ser agradables, pero, a ciertas horas, parecen verdaderos sartenes ceremoniales. El espacio público se presenta como símbolo de modernidad, pero ofrece pocas razones para permanecer en él.
No se trata de cubrir cada calle con una selva ni de declarar enemigo al pavimento. Las ciudades necesitan infraestructura, visibilidad, mantenimiento y lugares abiertos para reunirse; se trata de algo más elemental. Antes de proyectar un espacio hay que imaginar a una persona utilizándolo un martes cualquiera, no solamente a las autoridades cortando un listón.
También convendría reconocer que el calor se distribuye de manera desigual. Quien dispone de automóvil con aire acondicionado pasa de una cochera a otra, pero quien depende del transporte público acumula minutos al sol, esperando, caminando o buscando refugio donde puede. Así, un árbol, un techo bien colocado o una parada digna dejan de ser detalles ornamentales, se convierten en pequeñas medidas de igualdad.
En San Luis Potosí, como en tantas ciudades, la discusión urbana suele entusiasmarse con la circulación de los vehículos. ¿Cuántos carriles, qué giro, dónde estacionarse, cómo llegar unos minutos antes? Son preguntas legítimas, pero rara vez formulamos otra igual de importante. ¿Qué tan agradable resulta estar en la calle cuando no vamos dentro de un automóvil?
Intentemos una prueba sencilla. Visitemos alguna nueva plaza o avenida un día caluroso, recorrerlo a pie y buscar dónde sentarse cinco minutos. Si no hay dónde, quizá construimos un buen escenario, pero todavía nos falta construir una buena ciudad.