La pasión que se desborda en los eventos políticos electorales, siempre se reduce a la vulgaridad del dinero y el poder publicos y, por ello algunos hacen lo indecible. Para muestra los últimos ocho años de nuestra vida nacional. Igualmente en nuestra historia.
La regulación de la la inteligencia artificial es, por decir lo menos, necesaria si. Habría que ir quitando las estridencias de los políticos corruptos que solicitan disculpas públicas a través de los órganos judiciales, de los cuales, casi todos están a su servicio, dándoles razón, irrazonable, especialmente cuando se trata de contrastar la legalidad y opulencia entre ellos y querer ser ocultados o ser evitados. Pero no se oculta lo inocultable o, se evita lo inevitable. ¿La censura y autoritarismo, llegaron?
No obstante es increíble como en la vida cotidiana, nos encontramos con distractores de confrontación social y, en ella caemos irremediablemente, hasta ahora.
Absolutamente, las campañas políticas “modernas” han sustituido la discusión de proyectos y debates de altura, por la pirotecnia incendiaria, del descalificativo, encontrando en las redes sociales el altavoz perfecto para propagar el enojo en lugar de las ideas que den progreso a la comunidad.
El problema central no es la confrontación, cuando son las ideas las que, exponen y que, es natural y necesaria en cualquier democracia, sino la degradación misma del debate. Cuando la estrategia electoral se reduce al ataque personal, en las redes sociales, el algoritmo premia la provocación sobre la propuesta de progreso.
Los costos de la descalificación sistemática, genera una ciudadanía apática o polarizada, donde se vota en contra del "enemigo" y no a favor de una visión de país, luchando en medio de una globalización que estamos ya, fuera de competitividad, de acuerdo a la prueba PISA.
El uso indiscriminado de las plataformas diseñadas para maximizar la interacción, terminan premiando el comentario más visceral, transformando la conversación pública en un espectáculo de tribuna corriente y por demás insultantes.
Ante estas premisas, la propuesta se eclipsa. Quien insulta suele hacerlo para ocultar la falta de soluciones reales a los problemas estructurales y, desde luego los argumentos racionales que valgan.
Se olvida entonces los temas principales: seguridad, economía, salud, educación.
Exigir campañas a la altura no es un lujo, es una necesidad democrática. Exigir los debates públicos en cualquier formato, es obligado. Quienes con groseras intervenciones interrumpen o, descalifica, no vale la pena ni siquiera escucharlos, espacialmente cuando se tiene el partido en el poder, quienes deberían ser más respetuosos pero, no saben ya, como ocultar tanta corrupción.
El cambio empieza por la audiencia: castigar la agresión con la indiferencia y exigir a los candidatos respuestas concretas en lugar de espectáculo, es obligado para respetar a los demás.