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La otra secuela de la pandemia: problemas de salud mental

Especialistas advierten que algunos adolescentes todavía enfrentan dificultades para recuperar habilidades de convivencia después de los años de aislamiento.

La pandemia terminó, pero para algunas personas sus efectos no lo hicieron. Detrás de los años de confinamiento, las clases a distancia, la pérdida de familiares, los problemas económicos y el temor constante a enfermarse quedó otra consecuencia menos visible: el deterioro de la salud mental. En los últimos meses, las señales de alarma relacionadas con el suicidio han vuelto a generar preocupación.
 
El aumento venía desde antes, la pandemia solo lo aceleró
Sin embargo, de acuerdo con el psiquiatra Ernesto Amaury Peñuelas González, el incremento de los problemas de salud mental no comenzó con el COVID-19. La tendencia, explicó, ya venía creciendo desde antes. La Organización Mundial de la Salud había advertido sobre un aumento en los trastornos depresivos mayores y la ansiedad, en un contexto donde además existía una insuficiencia de especialistas en psiquiatría. Lo que hizo la pandemia, señaló, fue acelerar ese proceso. Más que provocarlo, lo aceleró.
 
El especialista describió que durante ese periodo aparecieron nuevos casos, mientras que personas que ya enfrentaban algún padecimiento vieron agravarse su condición o tardaron más tiempo en recuperarse.
 
El confinamiento y sus efectos en la vida cotidiana
El impacto no se limitó a la enfermedad provocada por el virus. El confinamiento modificó de manera abrupta la vida cotidiana. Las familias permanecieron juntas durante largos periodos, se alteraron las relaciones de pareja, cambió la dinámica escolar, muchas personas perdieron empleos o ingresos y las redes de apoyo dejaron de funcionar como antes. Los amigos dejaron de verse, las actividades cotidianas se trasladaron a una pantalla y para muchas personas apareció además el miedo constante a enfermar, contagiarse o morir.
 
Todo ello, explicó Peñuelas González, creó un ambiente de estrés y ansiedad que pudo agravar padecimientos que ya estaban presentes y al mismo tiempo favorecer la aparición de otros. Entre las consecuencias también se encuentra lo que se ha denominado neurocovid, relacionado con personas que después de enfermar de COVID presentaron problemas psicológicos o psiquiátricos que incluso llegaron a afectar su desempeño laboral y su capacidad de atención. Por ello, el especialista considera que actualmente se atraviesa una especie de cuarta ola del COVID, pero desde la perspectiva de la salud mental.
 
Los casos actuales en San Luis Potosí confirman la tendencia
Las cifras oficiales del Boletín Epidemiológico de la Semana 38 de 2026, con información a la semana 37 y elaborado por la Dirección General de Epidemiología de la Secretaría de Salud Federal, muestran que el problema se mantiene vigente en San Luis Potosí.
 
En lo que va de 2026, el estado acumula 2 mil 169 casos de depresión, con 80 casos nuevos solo en la semana 37. Del total acumulado, 464 corresponden a hombres y mil 504 a mujeres, lo que confirma una mayor incidencia en población femenina con más de 75 por ciento de los casos. En 2025, la entidad cerró con 3 mil 425 casos, por lo que en 2026 ya se supera más de la mitad de esa cifra solo hasta el mes de septiembre.
 
El mismo boletín registra otros indicadores de salud mental. En envenenamientos autoinfligidos intencionalmente se reportan 61 casos por analgésicos y 95 casos por sedantes, hipnóticos y psicotrópicos, ambos con predominio en mujeres. También se contabilizan 10 casos por ahorcamiento y estrangulamiento, 4 por disparo de arma corta, 16 por objeto cortante y 3 por salto desde lugar elevado.
 
En cuanto a conductas de riesgo, lesión autoinfligida intencionalmente e intento de suicidio suma 41 casos en 2026, con 11 en hombres y 30 en mujeres, frente a 33 casos en todo 2025; en cuanto a ideación suicida y otros síntomas que involucran el estado emocional acumula 23 casos en 2026. Todos los datos son preliminares e incluyen casos probables.
 
Los niños y adolescentes, entre los más afectados por el encierro
Si bien el virus tuvo consecuencias particularmente graves en personas adultas mayores con enfermedades como diabetes o hipertensión, Peñuelas González distingue otro impacto: el que tuvo el confinamiento prolongado en niños, adolescentes y jóvenes.
 
Para ellos, dejar de acudir a la escuela durante un periodo prolongado significó mucho más que cambiar el salón de clases por una computadora. Un niño que dejó la primaria y regresó años después a la secundaria tuvo que volver a adaptarse a un entorno que ya no era el mismo.
 
Durante ese tiempo, además, se perdieron oportunidades para desarrollar y practicar habilidades de socialización. La pantalla sustituyó en buena medida la convivencia presencial. Los jóvenes hicieron amigos en línea, pero al regresar a la interacción cara a cara algunos encontraron dificultades para relacionarse nuevamente.
 
Incluso actividades escolares aparentemente sencillas, como tomar apuntes, pudieron representar un reto después de haber pasado tanto tiempo frente a dispositivos electrónicos. El psiquiatra considera que en este fenómeno deben distinguirse tres elementos: el uso de pantallas, el confinamiento y los efectos del propio virus. Cada uno tuvo consecuencias diferentes.
 
Las señales que los padres no deberían ignorar
Frente a este panorama, uno de los principales retos está en reconocer las primeras señales de que un adolescente puede estar atravesando un problema de salud mental. Peñuelas González señaló que los cambios pueden comenzar de manera discreta. Entre ellos mencionó la irritabilidad, una disminución en el desempeño académico y determinadas publicaciones o expresiones relacionadas con la muerte, el suicidio o las agresiones en redes sociales.
 
Para el especialista, este tipo de contenidos no debe descartarse automáticamente como una simple etapa o como algo propio de la edad. Cuando aparecen estas señales, se recomienda buscar atención profesional, ya sea con un psicólogo o con un psiquiatra. Hay conductas que, sin embargo, representan señales de mayor gravedad: las autolesiones, el consumo de alcohol o marihuana, otras adicciones, conductas agresivas, escaparse de casa, robar o haber realizado algún intento de suicidio. En esos casos, la atención especializada resulta todavía más importante.
 
No solo se atiende al adolescente, también a su entorno
Cuando el paciente es menor de edad, el tratamiento no involucra únicamente al adolescente. El especialista explica que es fundamental contar con los padres o con una red de apoyo que pueda acompañarlo. También pueden participar personas responsables de su cuidado o integrantes del entorno escolar.
Durante la valoración se determina si es necesario recurrir a medicamentos y se analiza la red de apoyo con la que cuenta el paciente. Una red adecuada puede convertirse en una herramienta fundamental para ayudarle a enfrentar los problemas que está atravesando. Y no todos los conflictos requieren necesariamente una intervención compleja. Situaciones como problemas familiares o acoso escolar pueden ser abordadas cuando se detectan y se interviene oportunamente.
 
Psicólogo o psiquiatra, ¿A quién acudir?
Una de las dudas más frecuentes ante un problema de salud mental es saber a qué especialista acudir. Peñuelas González explica que el trabajo del psicólogo se enfoca principalmente en el contexto en el que se desenvuelve la persona: su familia, sus relaciones, su entorno social y las situaciones que pueden estar influyendo en su comportamiento.
 
El abordaje psiquiátrico, en cambio, tiene un componente médico y puede incluir tratamiento farmacológico cuando la situación lo requiere. El especialista señaló que, en muchas ocasiones, los psiquiatras reciben a pacientes cuando el problema ya se encuentra en una etapa grave: después de un intento de suicidio, episodios de violencia o agresión, problemas importantes de conducta o incluso cuando el joven ya fue expulsado de la escuela.
 
Por ello, considera que la atención psicológica puede desempeñar un papel preventivo y trabajar sobre los factores que están provocando el problema, mientras que la psiquiatría puede intervenir médicamente cuando existe una situación de mayor gravedad o una conducta que representa un peligro.
 
Volver a la familia y cambiar la supervisión por atención
Pero más allá de detectar señales y buscar ayuda profesional, el psiquiatra plantea regresar a algo que considera básico: la convivencia familiar. Para los padres de adolescentes, su recomendación es recuperar el tiempo de calidad, privilegiar el contacto presencial y reducir el lugar que ocupan las pantallas en la convivencia.
 
No se trata únicamente de vigilar. La diferencia, explicó, está en prestar atención. Preguntar cómo estuvo el día, conocer qué les ocurre, interesarse por sus actividades y saber qué están viviendo. No desde una vigilancia permanente o persecutoria, sino desde el acompañamiento. Porque después de años en los que las pantallas sustituyeron las aulas, los amigos y buena parte de la convivencia cotidiana, recuperar el contacto humano puede ser también una parte del camino para atender las consecuencias que dejó la pandemia en la salud mental.
 
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