San Luis Potosí comienza a padecer una contradicción difícil de ocultar: mientras la capital acumula problemas de agua, vialidades deterioradas, inseguridad, remate de bienes municipales y la falta de obras, el alcalde Enrique Galindo ya colocó públicamente su aspiración a la gubernatura sobre la mesa; después de cinco años en el ayuntamiento, la narrativa de lo heredado pierde fuerza: el presente también empieza a ser responsabilidad propia e ineludible.
Galindo parece haber cambiado de prioridad, en su pasado informe pidió en la plaza “permiso” para buscar la gubernatura, el mensaje fue inequívoco: mientras todavía gobierna la capital, una parte importante de su atención política ya está puesta en el cargo siguiente, se distrae, la entrega al cargo ya no es total.
El problema es que pretende construir esa nueva plataforma convocando precisamente a sectores y personajes vinculados con el viejo régimen político potosino, una época oscura, de luchas intestinas, ingobernabilidad, corrupción y estancamiento económico y social de la entidad; al reivindicar el “legado” frente al discurso de la “herencia maldita”, Galindo llama a los antiguos grupos priistas para que encuentren alrededor suyo una oportunidad de regresar al centro de la disputa por el poder, incluyendo los restos del navismo, ya muy devaluado con la nueva franquicia de los chuchos.
Galindo quiere convertir a Ricardo Gallardo en el adversario alrededor del cual organizar su proyecto político, pero el mandatario no cae en el juego y lo deja solo con sus ambiciones; el alcalde de la amabilidad se declaró del lado del “antigallardismo” y habló de juntar a otros, pero Gallardo no estará en la boleta para gobernador en 2027.
Lo que menos quiere la gente es un alcalde pleitista, que convierta cada pasivo o error municipal en un pleito con el gobierno estatal, hay que entender que los baches, el agua, los servicios y las obras al aventón no desaparecerán por elevar el volumen de la confrontación, al ciudadano difícilmente le importa quién ganó la última declaración; le importa quién resuelve y en esta ciudada ya son muchas las deficiencias de la autoridad capitalina.
Galindo quiere hablar de legado cuando todavía tiene una ciudad que gobernar, antes de convocar al viejo priismo, construir frentes antigallardistas o mirar hacia Palacio de Gobierno, tiene enfrente una tarea bastante menos épica y mucho más urgente: entregar resultados en la capital. La gubernatura puede esperar; la ciudad no, por eso le piden que ya mejor pida licencia.