Tener 13 años no significa automáticamente estar preparado para TikTok, Instagram o Snapchat; especialistas recomiendan evaluar la madurez del menor y mantener acompañamiento parental durante los primeros años.
“Todos mis amigos tienen” suele ser uno de los principales argumentos de niñas, niños y adolescentes para pedir una cuenta en redes sociales. Sin embargo, permitirles el acceso demasiado pronto puede exponerlos a situaciones para las que todavía no cuentan con las herramientas emocionales necesarias. La Academia Americana de Pediatría (AAP) recomienda esperar, por lo menos, hasta los 13 años antes de abrir cuentas en plataformas como Instagram, TikTok o Snapchat, aunque aclara que cumplir esa edad no significa automáticamente estar preparado.
La razón tiene que ver con el desarrollo. Durante la adolescencia temprana aumenta la importancia de la aceptación social, las comparaciones y la opinión de los demás, mientras que habilidades como el autocontrol y la evaluación de riesgos continúan madurando. Por ello, la Asociación Americana de Psicología recomienda que entre los 10 y 14 años exista una supervisión cercana de los adultos cuando los menores utilizan redes sociales, con límites y conversaciones frecuentes sobre lo que ven y hacen en internet.
El problema no se limita a que un niño pueda encontrarse con desconocidos. Las redes pueden exponer a los menores a ciberacoso, contenido sexual o violento, retos peligrosos, información falsa, estafas, discursos de odio y publicaciones relacionadas con autolesiones o trastornos de la conducta alimentaria. También pueden favorecer comparaciones constantes sobre apariencia, popularidad y estilo de vida. Además, pasar demasiado tiempo conectado puede desplazar horas de sueño, ejercicio, estudio y convivencia presencial.
Las cifras explican parte de la preocupación. Una advertencia sobre salud mental juvenil de autoridades sanitarias de Estados Unidos señala que los menores que pasan más de tres horas diarias en redes sociales presentan aproximadamente el doble de riesgo de experimentar problemas de salud mental, como síntomas de ansiedad y depresión. Esto representa una asociación observada en estudios y no significa que las redes sociales sean, por sí solas, la causa en todos los casos. El mismo informe advierte que todavía no existe evidencia suficiente para afirmar que estas plataformas sean adecuadamente seguras para niñas, niños y adolescentes.
Por eso, para los padres la pregunta no debería ser únicamente “¿ya cumplió 13?”, sino “¿está preparado?”. Un adolescente debería ser capaz de respetar horarios, entender que no todo lo publicado es verdadero, reconocer publicidad o posibles engaños, proteger información personal, bloquear o denunciar a desconocidos y acudir a un adulto cuando algo lo incomoda. También debe poder dejar el teléfono sin que esto provoque conflictos constantes o afecte su descanso, escuela y relaciones familiares. La AAP incluso señala que un joven de 13 años puede estar listo mientras otro de 16 todavía podría necesitar esperar.
Abrir una cuenta mintiendo sobre la edad del niño tampoco es una buena solución. El límite de 13 años utilizado por numerosas plataformas nació, en parte, de regulaciones sobre la recopilación de datos infantiles, pero ese número nunca fue diseñado como una certificación de madurez psicológica. Para los padres, retrasar el acceso no significa aislar a sus hijos de la tecnología: significa darles tiempo para desarrollar herramientas que les permitan utilizarla con mayor seguridad.
La advertencia es sencilla: no hay prisa. Las redes sociales estarán ahí cuando el menor tenga edad, madurez y acompañamiento suficientes. Entregar un teléfono y permitir acceso irrestricto puede ser fácil; enseñar a utilizar internet con límites, privacidad, criterio y responsabilidad requiere mucho más tiempo.