Del “millennial gray” al clean look, durante años el diseño, la moda y las redes sociales privilegiaron los tonos neutros y la simplicidad. Ahora comienza a crecer una reacción que busca devolver el color y la personalidad a lo cotidiano.
¿En qué momento nuestras casas, automóviles, cafeterías, ropa, teléfonos y hasta las habitaciones infantiles comenzaron a parecerse tanto? En internet, una conversación conocida como “la muerte de los colores” intenta explicar por qué buena parte de la estética contemporánea terminó dominada por el blanco, negro, gris, beige y los tonos tierra.
El término no significa que los colores estén desapareciendo literalmente. Se trata de una crítica a la homogeneización estética que durante las últimas décadas convirtió al minimalismo en sinónimo de modernidad, orden, elegancia y buen gusto.
La fórmula se volvió reconocible: menos objetos, líneas sencillas, espacios despejados y una paleta de colores neutros. El fenómeno llegó a tal grado que internet comenzó a ponerle nombres como “millennial gray”, “sad beige” y “greige”, una combinación entre gris y beige.
El minimalismo tuvo mucho que ver. En arquitectura y decoración, los colores neutros ofrecen ventajas prácticas: son fáciles de combinar, pueden hacer que los espacios parezcan más amplios y permiten que una vivienda resulte atractiva para un mayor número de compradores o inquilinos.
Pero esa lógica terminó extendiéndose mucho más allá de las paredes de una casa. Aparecieron cafeterías prácticamente idénticas, empaques blancos, logotipos simplificados, muebles de líneas rectas, juguetes de madera en tonos naturales y prendas en beige, blanco, negro y café.
LAS REDES SOCIALES Y EL IMPERIO DEL “CLEAN LOOK”
Instagram, Pinterest y TikTok también contribuyeron a convertir esta estética en un estilo de vida aspiracional. Los espacios ordenados, luminosos y con pocos colores generan imágenes visualmente coherentes y fáciles de integrar en un mismo perfil.
La tendencia llegó incluso a la belleza con el llamado “clean look” o “clean girl aesthetic”: piel luminosa, maquillaje aparentemente natural, cabello perfectamente recogido, joyería discreta, uñas cortas, ropa neutra y una apariencia cuidadosamente sencilla.
Aunque parecen fenómenos diferentes, el minimalismo, el “millennial gray”, el “sad beige”, el “quiet luxury”, las “naked nails” y el “clean look” comparten una idea: eliminar elementos visuales hasta dejar únicamente aquello considerado esencial.
Así, durante varios años, tener menos color comenzó a relacionarse con sofisticación.
¿NOS ESTAMOS CANSANDO DEL BEIGE?
Sin embargo, el péndulo podría estar comenzando a moverse hacia el otro extremo.
En decoración han comenzado a recuperar terreno los verdes, azules, amarillos, terracotas, borgoñas y cafés profundos, mientras resurgen los estampados, las texturas, los objetos personales y las combinaciones que años atrás habrían sido consideradas demasiado cargadas.
También han ganado espacio conceptos como el maximalismo y el “dopamine decor”, que defienden precisamente lo contrario: utilizar colores intensos, recuerdos, obras de arte, patrones y objetos capaces de provocar alegría o expresar la personalidad de quien habita un espacio.
La transformación también empieza a observarse en moda y belleza, donde conviven las propuestas minimalistas con el regreso de colores intensos, accesorios llamativos y estilos más individualistas.
¿REALMENTE ESTÁN MURIENDO LOS COLORES?
Las imágenes virales que comparan décadas anteriores con la actualidad pueden resultar llamativas, pero no necesariamente prueban científicamente que exista una desaparición global del color. Muchas de estas comparaciones seleccionan determinados productos, fotografías o espacios y dejan fuera otros ejemplos.
Lo que sí reflejan es una discusión más profunda sobre nuestra relación con el diseño.
Durante décadas, la modernidad fue imaginada como algo limpio, uniforme y neutral. El problema aparece cuando esa búsqueda de sencillez termina haciendo que una casa, una cafetería, una oficina, una tienda y hasta una cuenta de Instagram comiencen a verse prácticamente iguales.
Por eso, quizá la llamada “muerte de los colores” habla menos del color en sí mismo y más de una época en la que aprendimos a relacionar la ausencia de color con elegancia, orden y éxito.
Ahora la pregunta parece estar cambiando: después de tantos años viviendo entre blancos, grises y beige, ¿estamos listos para volver a llenar de color nuestra vida cotidiana?