Hay ciudades que conocemos sin haber puesto nunca un pie en ellas, y algunas de las más familiares ni siquiera existen. Gotham pertenece a esa extraña categoría. Después de décadas de historietas, películas, series y videojuegos, millones de personas podrían reconocer su atmósfera, imaginar sus avenidas, ubicar mentalmente ciertos edificios y aceptar sin dificultad que, en algún punto de ese territorio imposible, se encuentra la mansión Wayne y debajo de ella una cueva desde la cual se vigila una ciudad que parece condenada a no dormir nunca del todo. Lo curioso es que Gotham ha tenido mapas.
No uno solo ni definitivo, porque cada versión necesita acomodarse a la historia que pretende contar, pero sí suficientes planos como para que una ciudad inexistente haya terminado por adquirir barrios, límites, puentes, zonas industriales y una lógica espacial reconocible. Se trata de una paradoja interesante, ya que el mapa suele representar un territorio, mientras que en Gotham muchas veces el territorio ha terminado obedeciendo al mapa.
Tal vez por eso los planos de las ciudades resultan mucho más fascinantes de lo que su aparente función práctica permitiría suponer. No sirven únicamente para indicarnos cómo llegar de un punto a otro, en ellos quedan atrapadas decisiones antiguas, errores de planificación, accidentes del terreno, ambiciones políticas y formas de organización social que continúan influyendo en nuestra vida aun cuando nadie recuerde ya por qué una calle gira donde gira o por qué cierta avenida termina abruptamente en un lugar que, visto desde arriba, parece no tener explicación. Sí, una ciudad puede leerse.
Hay ciudades que parecen haber crecido mediante capas sucesivas, como si cada generación hubiera escrito encima de la anterior sin borrar completamente lo que ya estaba. Otras muestran una voluntad geométrica más evidente, aunque el tiempo casi siempre termina desobedeciendo al diseñador original. El resultado es una especie de autobiografía involuntaria que pocas veces advertimos cuando circulamos por las mismas calles todos los días.
Durante mucho tiempo aprendíamos las ciudades de esa manera, aunque no fuéramos conscientes de ello. Había que equivocarse, regresar por donde uno había venido, memorizar una esquina, reconocer la silueta de un edificio y establecer asociaciones que con el tiempo formaban una cartografía personal. Conocer una ciudad no consistía solamente en saber llegar a un domicilio, sino en desarrollar cierta intuición acerca de dónde se encontraba uno dentro de un conjunto mayor.
Ahora podemos atravesar una ciudad desconocida obedeciendo las indicaciones de una pantalla, llegar con precisión casi perfecta y, sin embargo, no haber comprendido demasiado del lugar que acabamos de recorrer. El mapa dejó de ser algo que contemplábamos para orientarnos y se convirtió gradualmente en una voz que decide por nosotros la ruta conveniente.
No necesariamente hemos perdido capacidad de orientación, pero sí hemos comenzado a delegarla.