"Es cien por ciento orgánico", "la madre tierra", "totalmente natural". Ya sea un slogan publicitario para algún producto, una vacación o una reflexión filosófica, pocos alegarán en contra de las ventajas de la naturaleza.
Veamos si esta visión idílica se sostiene en El Corazón de la Bestia.
Época actual. Una avioneta se desliza entre cumbres blancas. Los paisajes son de quitar el aliento: picos nevados, bosques, un cielo azul profundo. La nave aterriza junto a un lago espectacular y de la misma descienden el piloto y su perro. Todo es quietud y tranquilidad, pero las cosas van a cambiar.
El primer plus del film es su producción: una fotografía impecable de lugares espléndidos, enormes lagos, prados, montañas y colores intensos. Es un auténtico deleite visual.
Este inicio deslumbrante establece el escenario de la trama. Pero casi enseguida, es evidente que el paisaje, va más allá de un simple decorado: es un protagonista más. Y como sucede frecuentemente con lo bello, tras su fachada se esconde el peligro: el frío, los animales salvajes, el terreno agreste. Todo te quiere matar.
Pitt aparece como el piloto, un veterano del ejército americano, quien ha vivido horrores tremendos y que aquí tiene que demostrar, nuevamente, su habilidad de supervivencia. Es un papel increíblemente físico y no dejamos de admirar su destreza al lidiar con la inmisericorde naturaleza. Es otro tipo de guerra.
Pero esta película no sería lo mismo sin Uber, el pastor alemán, quien interpreta a Odín. Trabajar con animales es muy difícil, pero el director, David Ayer, logra recubrirlo de humanidad.
Así pues, nos enganchamos con este binomio canino: personajes rotos, unidos a su vez, en un lazo de cariño y fidelidad. A ratos sufrimos con ellos, a ratos, respiramos aliviados cuando creemos que la han librado. Vaya paseíto: la naturaleza tiene sus ventajas, pero entre fauces y abismos, no hay tregua que valga.