Llegar en completa dependencia y no sin temor a un mundo desconocido, requiere de mucha fortaleza. Para todos, nacer, si lo observamos detenidamente, es una hazaña. Imagínate la gran diferencia entre llegar a este lugar sin ser visto, ni recibido o abrazado(a), a ser bienvenido(a), protegido(a) y colmado(a) en las necesidades.
Cuando la Madre, por circunstancias adversas a su voluntad no está presente en esos primeros contactos con su bebé, el sistema nervioso de la criatura aprende desde entonces a alertarse. Esto no es en absoluto un juicio hacia la maternidad, al contrario, puede ser un portal hacia la comprensión de las relaciones Madre e hijos(as) de una actualidad adulta.
Mamá, puede estar deprimida, transitar por un duelo, llevar una carga sistémica, es decir, de su árbol genealógico y muchas veces a nivel inconsciente. Puede haber preocupación por la economía, que existan conflictos sin resolver en la pareja, que sea una maternidad muy imprevista o inmadura etc, pueden ser muchas las circunstancias que hacen que en esa ida, en ese acercamiento para recibir la energía de la madre, exista un muro a veces de papel, a veces de cristal y otras de hierro.
Ese muro interrumpe el movimiento de ese(a) bebé hacia quien significa su mundo entero, su supervivencia, su fuente de amor, de seguridad, de tranquilidad y de existencia.
Es verdad que cuando la madre fallece, se comprende más fácilmente la falta, pero hay que tomar en cuenta que la presencia no es solamente física, también es mental, emocional, espiritual y energética. ¿Qué pasa entonces cuando ese movimiento se interrumpe? En la adultez, posiblemente exista una sensación extraña de no poder abrazar a la madre, una rabia que no se sabe de dónde viene, un rechazo, una desconfianza, etc.
Y no solamente con la progenitora, sino que con aquellas figuras maternas que puedan estar representando cierta autoridad para la persona. ¿Para qué abro mis brazos, si no seré recibido(a)?
Tal vez, el o la bebé estuvo en incubadora y se perdió del calor del seno materno, allí es dónde se vuelve todo difuso y se impregna en la psiquis la creencia de que no hay un apego mamífero seguro en el cual descansar.
El cuerpo guarda esas memorias y tal vez en la adultez, sea difícil recibir el amor de otros familiares, de los(as) amigos(as), de la pareja, incluso por supuesto, de los(as) hijos(as). Con las metáforas del muro de diferentes materiales, como el papel, el vidrio o el hierro, podríamos pensar que un muro no tan persistente, podría romperse con un soplo, a veces con una constelación familiar, con terapia, con una charla emocionalmente profunda con la propia madre, pero ¿Y si no solamente es que no haya estado presente Mamá, sino que exista violencia?
¿Qué tal que la madre repudia, rechaza, odia o no es capaz de conectar con su progenie por algún trastorno de la personalidad o vicio profundo? Sé que es muy pesado leer esto, pero también es verdad que tenemos sacralizado al arquetipo materno, sin aceptar que una madre es una humana, al igual que un padre y que el instinto materno también requiere de ciertas condiciones para recrearse en las generaciones.
Por ende, cuando la madre no solo no protege, sino que desprotege y lastima, el muro de hierro será la protección para la supervivencia del(la) hijo(a), en estos casos, hay que intervenir en la persona bajo la luz del abordaje en trauma, es un trabajo más arduo, más doloroso, pero muy necesario. En estos casos ir hacia la madre, es decir, crear una conexión conlleva a hacer un trabajo psíquico de sombra muy profundo y bajo la luz del amor Divino.
Porque no estamos preparados para experimentar vínculos tan adversos, en los cuales, al contrario de esperar una mirada de amor, de empatía, de ternura encontremos en la tierna infancia temprana, desprotección, crueldad y desamor. Tomar al arquetipo de la madre requiere tesón y mucho amor propio y es muy importante porque simbólicamente es también tomar a la vida y darnos a nosotros(as) mismos(as) la bienvenida a este mundo, la mirada amorosa, la compañía y la existencia.
Nos ayudamos así a tomar nuestro lugar en la tierra y sobre todo a auto-maternarnos. Siempre vamos a encontrar historias detrás del desamor o del maltrato y eso es bueno para comprender e integrar, pero hay que pasar por el umbral del dolor amorosamente acompañados(as) y sobre todo lograr abrir los brazos para poder recibir el amor que antes, allá y entonces no pudimos recibir, porque esa madre también estaba en padecimiento o sobreviviendo, o simplemente sucedió algo que podría ser nimio y que a pesar de tener una madre presente y amorosa, pudo haber interrumpido ese movimiento primigenio.
Abrir el corazón a la madre biológica, a la madre universal, al arquetipo de la Diosa es un regalo de sanación que abre un portal hacia la luz. Si percibes que no puedes expresar tu amor a quienes te importan, que cambias de lugar frecuentemente, que no puedes conectar profundamente, ni comprometerte, es posible que esta sea una respuesta y si descubres que va por allí, acompáñate para lograr sanar y recibir espiritualmente ese abrazo, esa bienvenida y esa mirada que tanto has añorado desde entonces, hasta ahora.
Gracias por caminar juntos.
Tu terapeuta.
Claudia Guadalupe Martínez Jasso.