Con la llegada de septiembre, las ciudades mexicanas cambien de piel, sin que siquiera sea necesario consultar el calendario. Una mañana de pronto aparecen las banderas en los balcones, las fachadas públicas se encienden de verde, blanco y rojo y en los cruceros comienzan a venderse esos pequeños adornos y rehiletes que se agitan con el viento de los automóviles. La patria, durante unas semanas, se vuelve visible y no siempre es solemne, afortunadamente.
Hay música en el aire que se acompaña de olor a aceite caliente y a elote asado, de pregones de vendedores y cohetes que sobresaltan al perro del vecino. La noche del quince, las plazas se llenan y algo extraño sucede, pues gente que no se conoce espera junta la misma hora, con la misma atención.
Hay razones suficientes para desconfiar del patriotismo cuando se convierte en discurso oficial, sobre todo porque el poder ha tenido siempre la tentación de apropiarse de los símbolos nacionales y hablar en nombre de una patria que, por definición, no le pertenece, pero sería igualmente pobre creer que México se agota en sus problemas públicos.
Un país también está hecho de aquello que sus habitantes reconocen sin necesidad de que nadie se los explique. Pensemos, por ejemplo, en Santo, el enmascarado de plata. Hay algo prodigiosamente mexicano en que uno de nuestros grandes héroes populares haya sido un luchador enmascarado que, sin quitarse jamás la máscara, terminó enfrentándose en el cine a vampiros, momias y científicos orates. El Santo no nació de una ceremonia cívica ni necesitó decreto alguno para convertirse en símbolo; llegó desde la arena, entre gritos, sudor y reflectores baratos, y acabó instalado en ese territorio mucho más difícil de conquistar que una estatua, que es la imaginación colectiva.
Tal vez la patria se parezca más a eso de lo que estamos dispuestos a admitir. No a una definición aprendida en la escuela, sino a una acumulación de reconocimientos íntimos. Uno vuelve de viaje y sabe que ha regresado a la patria antes de llegar a casa, porque todos nuestros sentidos así lo gritan con emoción.
Las verbenas de septiembre tienen algo de esa familiaridad. La plaza deja por unas horas de ser únicamente un espacio de tránsito y se transforma en un lugar donde, cuando llega el momento del Grito, miles de voces se unen hasta formar una sola, aunque apenas unos minutos después cada uno vuelva a ser quien era. Ahí está quizá lo más interesante.
La patria no elimina nuestras diferencias, pero tampoco es su deber hacerlo. Una comunidad que sólo pudiera existir entre quienes piensan igual sería más bien una secta. México es justamente esa convivencia incómoda entre personas que discuten sobre casi todo y que, sin embargo, reconocen una bandera, una melodía o una palabra capaz de tocar una fibra común cada septiembre, porque necesitamos recordar que debajo de nuestras disputas existe todavía una casa común, una casa que, cuando estamos lejos, seguimos llamando hogar.