El 17 de septiembre de 1683, el comerciante de telas y microscopista neerlandés Antonie van Leeuwenhoek protagonizó uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la ciencia: documentó la presencia de diminutos organismos vivos en el sarro de los dientes, un hallazgo que contribuyó al nacimiento de la microbiología.
Todo comenzó con una muestra de la sustancia que se acumulaba entre sus dientes. Leeuwenhoek la mezcló con agua y la examinó mediante uno de sus microscopios artesanales. Lo que encontró fue sorprendente: pequeñas criaturas que se desplazaban constantemente y que resultaban completamente invisibles a simple vista.
Fascinado por sus movimientos y formas, las llamó «animálculos», pues todavía no existía el concepto moderno de bacteria. Además de describirlas, realizó dibujos de los microorganismos que observó, considerados entre las primeras ilustraciones conocidas de bacterias.
Ese mismo 17 de septiembre, el investigador escribió una carta dirigida a Francis Aston, de la Royal Society de Londres, en la que compartió sus observaciones. El documento constituye uno de los primeros registros científicos inequívocos de la existencia de bacterias.
Aunque Leeuwenhoek no contaba con una formación científica universitaria, su curiosidad y habilidad para fabricar lentes le permitieron explorar un universo desconocido para la humanidad. Sus observaciones demostraron que existían formas de vida microscópicas en lugares tan cotidianos como la boca humana.
Sus descubrimientos sentaron las bases para que, siglos después, científicos como Louis Pasteur y Robert Koch profundizaran en el estudio de los microorganismos y su relación con las enfermedades.
Hoy, 343 años después de aquella carta, sabemos que nuestra boca alberga una compleja comunidad de microorganismos, muchos de los cuales forman parte natural del organismo.
Lo que comenzó con un poco de sarro dental y una lente terminó transformando para siempre nuestra comprensión de la vida.