A quien más se esperaba en El Grito en el Zócalo era Intocable, y los más graciosos dijeron toda la semana que era Rubén Rocha Moya. El intocable, un tiempo todavía, a ver hasta cuándo. Y otros, que Enrique Inzunza, el senador, también de Morena, igualmente señalado por presuntos vínculos con el narco.
En fin, decían que eran ellos, los que más problemas han dado a la Presidenta desde mayo, y no el Grupo Intocable, que llegaba directito de Zapata, Texas, a soplar el nacionalismo con sus éxitos, como ese que dice: "Y la verdad es que no soy tan fuerte como lo pensaba / Mi voz se quiebra, estoy temblando de miedo / Pues sin ti no soy nada". Ese que, a lo mejor, quién sabe, si las cosas se ponen peor, un día habrán de dedicarle a la Presidenta Claudia Sheinbaum.
Flotaba el aire frío en el Zócalo, pero por fortuna no iba a llover y tampoco se iba a inundar el Metro. Volvía la alegría, el ánimo, la euforia, las trompetas de plástico. Las camisetas verdes de la Selección Mexicana de futbol, a medio estrenar. Los extranjeros rezagados. Regresaba ese grito ahogado, contenido, casi muerto desde el 5 de julio, cuando casi casi y luego nada: 3 a 2 frente a Inglaterra, eliminados otra vez en octavos del Mundial de futbol, en el Estadio Azteca y ellos con un jugador menos: "¿Y si sí?". Las ganas de estar alegres, las ganas de nuevo de volar.
Era el segundo Grito de Independencia de la Presidenta. La segunda noche para empuñar el nacionalismo con que ha defendido a Rocha Moya.
"Estamos hablando de injerencia y México, que se oiga claro y que se oiga fuerte: ¡no acepta injerencias!", dijo hace poco.
Cientos de camiones en los alrededores, como ya era costumbre desde la época priista. Stickers y pulseras para identificar a los acarreados del Gobierno federal, de la Secretaría de Bienestar, de las Alcaldías de la Ciudad de México. Para ellos se reservó la primera mitad del Zócalo, como si no confiaran en el atractivo de Intocable o en la codependencia del reparto de dinero en programas sociales.
Más allá, por Reforma y Eje 1, cientos de camiones del acarreo con sus lonas nacionalistas. "¡La patria se ama!". Por Izazaga, los microbuses verdes, casi destartalados de tanto acarreo. Por 20 de Noviembre, los líderes vecinales de Iztapalapa arreaban a su gente para la fotografía.
"Ábranse, ábranse, ocupen todo, por los que no vinieron", decían, entre el ruido de las ofertas.
Un peluche de López Obrador que, un día como hoy pero de 2022, desde el Balcón Presidencial, gritó "¡Muera la corrupción!" y ya casi nadie se acuerda. Otro peluche con coleta y falda que era Sheinbaum. Uno por 150, o los dos por 200. Llévenselos, juntos son unos mismos.
Por Circunvalación, la venta de nieve espuma, party foam, cinco por 100 pesos, trajes de la china poblana, caldo de camarón y patitas de pollo. La novedad eran los delantales con su marquita "Hecho en México", aunque dijeran Made in China.
En Madero, los ambulantes, verdadero ejército mexicano, vendían sombreros con luces de Navidad, audífonos chinos con Bluetooth a 50 pesos, elotes asados y calcetas de Los Simpson.
Por Cuba y Santo Domingo, en grupos, con faldas largas, tricolores, calcetas altas, la patria cansada, movilizada, cargando petacas y mochilotas, los niños agarrados de la mano. Colgando sombreros de la mano.
Por allá también, en un punto de revisión, la Policía detuvo a un hombre con 500 mil pesos en seis paquetes de billetes de 200 y dos de 100 en una mochila. ¿Pues de a cómo iba a repartir?
"Ya viene, ya viene Intocable", lanzaban como una carnaza desde el templete, para que nadie se fuera antes de las campanadas presidenciales y vivas a los héroes que nos dieron quién sabe qué.
Cantaban los mariachis de la Secretaría de Marina o de la Guardia Nacional, los ganadores de los concursos oficiales para reducir los asesinatos, mientras políticos como Rocha Moya se deciden.
Como nunca, salvo el 2021, cuando ni gente hubo por el Covid-19, el templete fue montado frente al Palacio, por donde iba a aparecer la Presidenta.
"¿Quién es?", preguntaba una mujer, trenzas, vestido de china poblana, a su hija, diadema tricolor, bigote negro postizo, desde el asta. Miraban la figura de Leona Vicario encendida de luces en el edificio de Gobierno. Este año, ni Hidalgo, ni Morelos ni ningún otro héroe aparecieron en los adornos. Sólo mujeres.
"Es Claudia Sheinbaum", le dijo su hija.
Pasadas las seis de la tarde, quitaron las dos hileras de vallas. Todo mundo se pudo acercar al Palacio.
Sheinbaum daba su segundo Grito con su reforma para impedir que un mexicano con doble nacionalidad llegue a Presidente y con la certeza de que gracias a su movimiento ahora nueve de cada 10 mexicanos se sienten orgullosos de serlo.
"Fíjense, en 1990, en pleno periodo de Salinas de Gortari: 52 por ciento, dependiendo de la edad. Y ahora, 26 entre 80 y 93 por ciento", dijo el viernes.
A lo mejor era cierto, esa fe, ese orgullo en algo que es pura suerte o mala suerte, pero eso no quería decir que hubiera respeto para la Presidencia cuando ya el Zócalo era puro tumulto de bigotes, penachos y nieve espuma.
"¡Sheinabun, saca la mota, sabemos que fumas, culera!", gritó por la Catedral un muchacho que cargaba un torito de peluche con luces que parpadeaban como fuegos artificiales.
Por fin, ahora sí, tras una pausa, luego un estruendo, por fin, a las 21:44: Intocable.
No aquel, sino este, aunque los dos sean del norte y usen sombrero.
"¿Y todo para qué?
¿Y todo para qué?
Si al final yo perdí".
Ojalá que sí.
A las once de la noche apareció la Presidenta desde el balcón del Palacio. Inició sus arengas con "¡Viva México, viva Miguel Hidalgo!" y acabó con "¡Viva México libre, independiente y soberano!".
Rocha Moya habrá respirado tranquilo.
Hizo una pausa, se cantó el himno, estallaron las luces y después reinicio Intocable con sus otros himnos: "Me volví un romántico, un soñador eterno/ Que mira las estrellas/ Te juro, las pondría en tus manos si pudiera.."