Los colores suelen relacionarse con la vista, pero también pueden explicarse mediante sensaciones, recuerdos, temperaturas, sonidos y emociones. Hablar de discapacidad desde el respeto implica reconocer que existen distintas formas de percibir y comprender el mundo.
¿Cómo explicar el rojo, el azul o el verde a una persona que no puede verlos? La respuesta no consiste en intentar “traducir” exactamente una experiencia visual, sino en encontrar referencias que tengan sentido para cada persona.
Por ejemplo, el rojo puede asociarse con el calor del sol sobre la piel, la energía, el fuego o una emoción intensa. El azul puede relacionarse con la frescura del agua, una brisa tranquila o la sensación de calma. El verde puede vincularse con el aroma del pasto recién cortado, la naturaleza o la textura de las hojas.
Sin embargo, estas comparaciones no son universales. Cada persona tiene experiencias, recuerdos y formas distintas de interpretar su entorno, por lo que lo más importante es preguntar qué referencias le resultan familiares.
Además, no todas las personas ciegas perciben el mundo de la misma manera. Algunas nacieron sin visión, otras la perdieron en algún momento de su vida y otras conservan distintos grados de percepción de luz, formas o colores. Por ello, hablar de “las personas ciegas” como si todas tuvieran la misma experiencia puede generar ideas equivocadas.
La inclusión comienza también en la manera en que hablamos. Expresiones como “pobrecito”, “sufre de ceguera” o “a pesar de su discapacidad” pueden transmitir una visión basada en la lástima o presentar a la discapacidad como una tragedia.
En su lugar, pueden utilizarse términos como persona ciega, persona con discapacidad visual o la forma en que cada individuo prefiera identificarse.
Tampoco es necesario evitar palabras cotidianas como “ver”, “mirar” o “nos vemos”. Muchas personas con discapacidad visual las utilizan con naturalidad. Lo fundamental es no asumir qué necesita alguien ni ofrecer ayuda sin preguntar primero.
Explicar los colores a una persona ciega puede convertirse en una oportunidad para reflexionar sobre algo más amplio: la percepción humana no depende únicamente de la vista.
El tacto, el oído, el olfato, la temperatura, la memoria y las emociones también construyen nuestra experiencia del mundo.
La verdadera inclusión no consiste en tratar de manera diferente a las personas con discapacidad, sino en eliminar barreras, escuchar sus necesidades, respetar su autonomía y garantizar que puedan participar en igualdad de condiciones.
Porque entender la discapacidad también significa comprender que no existe una sola manera correcta de percibir, aprender o experimentar el mundo.