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Cuando el miedo se vuelve cotidiano

Punto Crítico

La violencia de género contra las mujeres no siempre deja una herida visible, pero puede transformar profundamente la manera en que una persona piensa, siente y se relaciona con el mundo. Puede presentarse como agresión física, violencia psicológica, abuso sexual, control económico, amenazas o acoso. ¿Qué ocurre cuando el hogar, la pareja, el trabajo o la calle dejan de sentirse como espacios seguros? La violencia puede instalar miedo, culpa e inseguridad, afectando la salud integral.
 
Desde la psicología se reconoce que vivir situaciones de violencia puede generar estrés sostenido y afectar el bienestar emocional. Ansiedad, depresión, alteraciones del sueño, aislamiento, dificultad para concentrarse y síntomas relacionados con el estrés postraumático pueden aparecer. Además, una mujer sometida a descalificaciones constantes puede comenzar a cuestionar su propio valor: “¿Será realmente mi culpa?”, “¿Estoy exagerando?”. Estas preguntas muestran uno de los efectos más dañinos de la violencia: hacer que la víctima dude de su propia percepción.
 
Uno de los conceptos relacionados es el trauma psicológico, una experiencia que puede superar los recursos emocionales de una persona para afrontarla. Sin embargo, hablar de trauma no significa definir para siempre a una mujer por aquello que vivió. La psicología también habla de resiliencia, la posibilidad de reconstruir recursos internos y recuperar la sensación de seguridad y autonomía. Sanar no significa simplemente olvidar lo ocurrido, sino recuperar progresivamente la capacidad de sentirse segura y dueña de la propia vida.
 
También es importante comprender por qué abandonar una relación violenta puede ser tan difícil. Desde fuera puede parecer sencillo decir: “¿Por qué no se va?”. Sin embargo, pueden existir dependencia económica, amenazas, miedo, aislamiento, hijos de por medio o manipulación emocional. La violencia psicológica puede funcionar mediante actos repetidos que debilitan la autoestima. Por eso, acompañar a una mujer no debería significar juzgarla, sino ofrecer escucha, información, redes de apoyo y alternativas seguras. ¿Qué cambiaría si dejáramos de preguntar “por qué permaneció” y preguntáramos “qué necesita para estar a salvo”?
 
La afectación también alcanza dimensiones sociales. Una mujer que vive con miedo puede limitar sus actividades, alejarse de amistades, abandonar proyectos profesionales o dejar de participar plenamente en su comunidad. La salud mental, entonces, no puede entenderse únicamente como un asunto individual. El entorno influye: una sociedad que normaliza los celos, el control o los comentarios degradantes puede contribuir a que ciertas conductas sean vistas como normales. Prevenir implica educar emocionalmente y enseñar que el amor no es posesión.
 
Una propuesta necesaria para nuestra sociedad consiste en construir una cultura de cuidado y prevención, donde hablar de salud mental y violencia de género no sea exclusivo de los consultorios o instituciones. Escuelas, familias, empresas y comunidades pueden aprender a reconocer señales de violencia y responder sin culpabilizar. También es fundamental facilitar el acceso a atención psicológica especializada y redes de protección. Pedir ayuda no debería interpretarse como debilidad; puede ser una expresión de fortaleza y del derecho a vivir sin violencia.
 
Enfrentar la violencia de género requiere más que reaccionar cuando ocurre una agresión: implica cuestionar las creencias que permiten que ocurra y construir relaciones basadas en respeto, libertad y corresponsabilidad. Cada mujer merece caminar, trabajar, amar, decidir y expresarse sin vivir bajo la amenaza del miedo. Y quizá la pregunta más importante sea: ¿qué clase de sociedad queremos construir si aceptamos que una parte de ella tenga que aprender a sobrevivir donde debería poder vivir? Cuidar la salud mental de las mujeres significa defender su autonomía y recordar que ninguna forma de violencia debe convertirse en parte normal de la vida.
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