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Niñez entre pantallas: ¿Qué estamos formando para el futuro?

El contacto con celulares y otros dispositivos puede comenzar desde los primeros años de vida, cuando en algunos hogares se utilizan como recurso para entretener o tranquilizar a los menores.

Un niño que recibe un celular para dejar de llorar; un adolescente que permanece despierto toda la noche frente a una pantalla; un grupo de amigos que se reúne en un café, pero termina cada uno mirando su propio dispositivo. Son escenas que, para el antropólogo Andrés Ismael Galindo Solís, muestran cómo la tecnología está modificando las formas de relacionarse desde la infancia.
 
Galindo Solís cuenta con formación en Antropología y Geografía, además de experiencia vinculada a la literatura y la tradición oral. Actualmente cursa el doctorado en Antropología Social en El Colegio de San Luis, donde desarrolla una investigación relacionada con la niñez.
 
Desde su perspectiva, las nuevas generaciones han crecido en un entorno tecnológico muy distinto al que conocieron las anteriores. Para muchos niños, el contacto con teléfonos, computadoras y otros dispositivos comienza prácticamente desde los primeros años de vida.
 
El especialista considera que esta transformación tiene dos caras: existen herramientas que pueden favorecer el aprendizaje y la comunicación, pero también consecuencias que deben observarse cuando el uso de las pantallas se vuelve excesivo.
 
El celular como “calmante” desde los primeros años
Una de las situaciones que ha observado durante su experiencia como docente y en su contacto con adolescentes y jóvenes es el uso de las pantallas como recurso para entretener o tranquilizar a los niños. Cuando un menor hace un berrinche o necesita distraerse, señaló, en ocasiones la respuesta de los adultos consiste en entregarle un dispositivo. "El problema comienza cuando esta práctica se vuelve habitual y el tiempo frente a las pantallas aumenta desde edades muy tempranas”, explicó.
 
En este contexto, mencionó las recomendaciones de limitar el contacto de los menores con pantallas durante los primeros años de vida y, posteriormente, moderar su utilización, aunque reconoció que hacerlo representa un desafío en una sociedad en la que la tecnología forma parte de la vida cotidiana.
 
Vista, sueño y frustración: las otras consecuencias
El impacto no se limita al tiempo que un niño permanece frente a una pantalla; Galindo Solís señaló que existen preocupaciones relacionadas con la visión y mencionó que el uso prolongado de dispositivos puede estar asociado con molestias como dolores de cabeza, aunque consideró que establecer una relación directa requeriría una investigación específica.
 
También puso sobre la mesa las alteraciones en los ciclos del sueño. En el caso de los adolescentes, relató que hay jóvenes que aparentemente se van a dormir, pero continúan conectados a sus celulares o tabletas durante la noche, esto puede interferir con los ritmos circadianos, es decir, con los ciclos mediante los cuales el organismo regula los periodos de sueño y vigilia. A ello se suma, desde su perspectiva, un posible efecto emocional: una menor tolerancia a la frustración relacionada con el consumo de determinados contenidos, videojuegos y videos.
 
Cuando la pantalla sustituye la convivencia
El impacto también puede trasladarse al terreno social; uno de los aspectos que más le preocupa al antropólogo es la disminución de la interacción cara a cara y el aumento del sedentarismo. Durante la adolescencia existe una búsqueda natural de mayor autonomía respecto de madres y padres, pero consideró que el uso constante de dispositivos puede profundizar el aislamiento cuando los jóvenes prefieren permanecer conectados desde casa antes que salir, convivir o participar en actividades sociales.
 
“¿Qué pasa cuando dejamos de hacer comunidad?”, es, en esencia, una de las preguntas que plantea este fenómeno. El comportamiento de los adultos también ofrece una pista sobre lo que podría ocurrir con las generaciones que hoy crecen conectadas; Galindo Solís recordó una escena que presenció en un café. Un grupo de personas adultas llegó al establecimiento y, por la manera en que se saludaron, parecía tratarse de amistades que tenían tiempo sin verse.
 
Hubo entusiasmo por el reencuentro, se sentaron juntas, revisaron el menú y realizaron su pedido. Después ocurrió algo distinto; una vez que tuvieron sus bebidas y alimentos, prácticamente todos permanecieron concentrados en sus propios dispositivos.
 
Para el antropólogo, aquella escena resultó reveladora: personas que habían acudido a encontrarse físicamente terminaron interactuando más con sus pantallas que entre ellas. El ejemplo, consideró, permite observar cómo los hábitos relacionados con la tecnología pueden trascender la infancia y llegar a modificar las formas de socialización en la adultez.
 
Redes sociales y contenidos que también educan
El contenido que consumen niñas, niños y adolescentes es otro elemento que, de acuerdo con Galindo Solís, merece atención. En internet circulan tendencias, retos y materiales de carácter violento que pueden influir en las pautas de comportamiento de quienes los observan de manera constante.
El especialista explicó que este tipo de contenidos también puede funcionar como una forma de aprendizaje, aunque no necesariamente saludable, pues determinadas conductas pueden ser observadas, interiorizadas y posteriormente reproducidas; incluso planteó que podría generarse una confusión entre aquello que sucede en el mundo virtual y lo que ocurre en la realidad.
 
Pero la tecnología también abrió nuevas puertas
No todo es negativo. “La tecnología representa una herramienta de enorme utilidad, especialmente para acceder a información y desarrollar formas de aprendizaje más personalizadas”, indicó.
 
Las nuevas generaciones tienen acceso prácticamente inmediato a una cantidad mucho mayor de información. Esto también permite encontrar contenidos relacionados con los intereses particulares de cada persona.
 
La tecnología, además, ha reducido las distancias. Una familia con integrantes que viven en otro estado o incluso en otro país puede mantener comunicación con mayor facilidad. La pandemia, recordó, mostró precisamente esa utilidad: mientras el contacto físico estaba limitado, los dispositivos permitieron mantener la comunicación entre familiares y amistades.
 
El problema no es la tecnología, sino cómo se utiliza
Por ello, Galindo Solís considera que la discusión no debería centrarse en satanizar los dispositivos. La tecnología forma parte de la época actual y difícilmente puede separarse de la vida cotidiana. El desafío, plantea, está en aprender a relacionarse con ella de una manera equilibrada.
 
Y en ese aprendizaje, los adultos también tienen responsabilidad. Si una madre o un padre pide a su hijo que deje el celular mientras come, pero permanece mirando su propio dispositivo durante la comida, el mensaje resulta contradictorio. Lo mismo ocurre cuando un niño intenta contar cómo fue su día y el adulto continúa pendiente de la pantalla.
 
Para el antropólogo, los menores también aprenden observando. La forma en que los adultos utilizan los dispositivos puede convertirse, por tanto, en una enseñanza cotidiana.
 
Recuperar la convivencia cara a cara
En medio de una generación que ha crecido rodeada de pantallas, Galindo Solís considera necesario recuperar espacios de convivencia física, socialización directa y contacto entre las personas. Una muestra de que esto todavía es posible, dijo, puede encontrarse incluso en las propias tendencias digitales. Recordó el fenómeno conocido como “farmear aura”, en el que jóvenes comenzaron a salir a la calle e interactuar presencialmente.
 
La paradoja, para él, resulta interesante: una tendencia nacida dentro del entorno digital terminó llevando a los jóvenes nuevamente al espacio público. Más allá de enfrentar generaciones entre sí o afirmar que una época fue mejor que otra, el antropólogo plantea mirar el fenómeno desde otra perspectiva: entender cómo cada generación se está relacionando con la tecnología y qué tipo de vínculos está construyendo.
 
Para concluir dijo que si las pantallas ya forman parte de la infancia, el verdadero desafío podría estar en evitar que terminen ocupando el lugar de la convivencia, los afectos y las relaciones cara a cara.
 
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