Dormir cinco o seis horas de manera habitual no solo provoca cansancio. Nuevas investigaciones relacionan el sueño insuficiente con cambios cerebrales, peor rendimiento cognitivo y una mayor presencia de marcadores asociados con la enfermedad de Alzheimer.
Sacrificar horas de sueño por trabajo, entretenimiento o pasar tiempo frente al celular podría tener consecuencias que van más allá de sentirse agotado al día siguiente. Diferentes investigaciones han encontrado una relación entre dormir poco de manera constante y una peor salud cerebral.
Un estudio publicado en 2026 en Alzheimer’s & Dementia analizó información de 38 mil 816 participantes del UK Biobank y encontró una relación en forma de “U” entre las horas de sueño y la salud cerebral: quienes acostumbraban dormir entre cinco y seis horas, pero también quienes descansaban entre nueve y diez horas, presentaron un peor desempeño cognitivo y patrones de atrofia cerebral relacionados con el Alzheimer.
El sueño no significa que el cerebro se “apague”. Durante las horas de descanso ocurren procesos fundamentales para consolidar recuerdos, regular funciones metabólicas y eliminar sustancias de desecho.
La UNAM explica que durante el sueño trabaja el llamado sistema glinfático, encargado de facilitar la eliminación de residuos del sistema nervioso central. Investigaciones recientes han estudiado cómo este mecanismo funciona especialmente durante el sueño profundo.
Este proceso resulta importante porque entre las sustancias relacionadas con el Alzheimer se encuentran las proteínas beta-amiloide y tau.
Una revisión científica publicada en 2025, que reunió 30 estudios y casi 15 mil participantes, encontró que dormir menos y tener una mala calidad del sueño se asociaba con una mayor acumulación de beta-amiloide detectada mediante estudios PET.
Especialistas de la Facultad de Medicina de la UNAM también han señalado que el sueño insuficiente puede afectar el funcionamiento del sistema glinfático y favorecer la acumulación de proteínas como beta-amiloide y tau.
No necesariamente.
La evidencia disponible permite decir que los problemas persistentes de sueño están asociados con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y Alzheimer, pero todavía no se ha demostrado que dormir poco, por sí solo, sea la causa directa de la enfermedad.
De hecho, la relación puede funcionar en ambos sentidos: dormir mal podría contribuir a ciertos cambios cerebrales, pero las primeras etapas de una enfermedad neurodegenerativa también podrían comenzar a alterar el sueño años antes de que aparezcan otros síntomas.
Una revisión de estudios longitudinales encontró precisamente que, cuando se analizaban periodos de seguimiento superiores a diez años, la relación entre dormir seis horas o menos y desarrollar demencia dejaba de ser estadísticamente significativa, por lo que los autores plantearon que el sueño corto también podría funcionar como una señal temprana de cambios cerebrales ya existentes.
Para la mayoría de los adultos, la recomendación se encuentra alrededor de siete a nueve horas por noche. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos señala que incluso los adultos mayores necesitan aproximadamente ese mismo tiempo de descanso.
Más importante que obsesionarse con una cifra exacta es mantener horarios relativamente constantes y procurar un sueño de buena calidad.
Acostarse y levantarse aproximadamente a la misma hora, reducir el uso de pantallas antes de dormir, evitar grandes cantidades de cafeína o alcohol durante la noche y realizar actividad física regularmente son algunas medidas que pueden ayudar.
Dormir bien no garantiza que una persona nunca desarrollará Alzheimer, ya que en esta enfermedad intervienen la edad, genética, salud cardiovascular y numerosos factores ambientales. Sin embargo, cuidar el sueño sí forma parte de los hábitos que ayudan a preservar la salud cerebral a lo largo de la vida.