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La ciudad que sospecha

'Bulevar de Ideas'

En Minority Report, Steven Spielberg imaginó una sociedad en la que la policía ya no perseguía delitos cometidos, sino delitos futuros. Los agentes de PreCrimen arrestaban a una persona antes de que disparara, apuñalara o asesinara a alguien. Se era culpable de algo que todavía no se había hecho.
 
La película apareció en 2002 y estaba ambientada en 2054. Como suele ocurrir con la buena ciencia ficción, algunas de sus preguntas llegaron mucho antes que su tecnología.
 
Recordé esta película al encontrar Metropolice. Seguridad y policía en la ciudad neoliberal, un libro colectivo de la autoría de Sergio García García, Ignacio Mendiola, Débora Ávila, Laurent Bonelli, José Á. Brandariz, Cristina Fernández Bessa y Manuel Maroto Calatayud. Su planteamiento gira alrededor de una transformación en la que nuestras ciudades están dejando de organizar la seguridad exclusivamente alrededor del delito para hacerlo alrededor del riesgo. 
 
El delito pertenece, al menos idealmente, al mundo de los hechos, pues alguien roba, agrede o defrauda objetivamente. El riesgo, en cambio, pertenece al terreno de las posibilidades. Hay lugares riesgosos, horarios riesgosos, comportamientos riesgosos y, finalmente, personas consideradas riesgosas. Cuando la seguridad adopta esa lógica, su pregunta fundamental cambia. Ya no es solamente “¿qué ocurrió?”, sino “¿qué podría ocurrir?” Y ahí comienza nuestra pequeña versión cotidiana de Minority Report.
 
Tenemos cámaras, reconocimiento facial, lectores de placas, bases de datos, geolocalización, algoritmos, mapas de criminalidad y sistemas capaces de identificar patrones de comportamiento. Ninguna de esas tecnologías es necesariamente perversa e incluso pueden evitar delitos y salvar vidas.
 
El problema aparece cuando la tecnología deja de ser una herramienta y se convierte en una manera de mirar la sociedad. Una ciudad puede contemplar a sus habitantes no como ciudadanos, sino como conjuntos de probabilidades. El joven que permanece mucho tiempo frente a una tienda o el automóvil que circula repetidamente por determinada zona. Nada necesariamente ha ocurrido, pero algo podría ocurrir.
 
La seguridad preventiva tiene además una característica fascinante porque nunca puede fallar completamente. Si ocurre algo, significa que necesitábamos más vigilancia; si no ocurre nada, puede argumentarse que la vigilancia funcionó.
 
Existe una diferencia considerable entre una ciudad segura y una ciudad hiperpoliciaca; la primera intenta proteger nuestra libertad en tanto que la segunda puede terminar protegiéndonos de nuestra propia libertad.
 
Quizá el problema no sea que algún día una computadora pueda predecir que cometeremos un delito sino más bien que nos acostumbremos a vivir en ciudades que nos observan constantemente y terminar considerando esa mirada perfectamente normal.
 
En Minority Report, descubrimos que el sistema supuestamente infalible también puede equivocarse. Nuestra ventaja es que todavía podemos preguntarnos qué sistema queremos construir antes de descubrirlo demasiado tarde.
 
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