Hay edificios que uno reconoce inmediatamente como productos de su época en tanto que otros tienen algo inquietante pues parecen haber estado ahí antes de nosotros y dan la impresión de que seguirán existiendo cuando ya no estemos.
Louis Kahn nació en 1901, en lo que hoy es Estonia, y llegó siendo niño a Estados Unidos. Su carrera tuvo una peculiaridad poco frecuente, pues alcanzó su verdadera madurez arquitectónica después de los cincuenta años. Los viajes por Italia, Grecia y Egipto, el contacto con ruinas, templos y construcciones antiguas, transformaron profundamente su manera de pensar y lo encaminaron por una ruta del Movimiento Moderno.
Kahn continuó siendo moderno, pero dejó de creer que la modernidad significara únicamente ligereza, vidrio, acero y eficiencia; volvió a preguntarse por asuntos mucho más antiguos, como el muro, la sombra, la masa, el silencio, la luz.
Sus edificios están hechos de cuadrados, círculos, cilindros, grandes planos de concreto o ladrillo. No hay demasiado adorno porque el propio edificio debe producir su significado por sí mismo. Eso puede verse en el edificio de la Asamblea Nacional de Bangladesh, en Dhaka. Enormes volúmenes de concreto aparecen perforados por círculos, triángulos y rectángulos. El resultado podría parecer futurista y antiguo al mismo tiempo; digamos que Kahn consiguió hacer arquitectura moderna que parece ruina de una civilización todavía inexistente.
Quizá por eso resulta tan fácil relacionarlo con cierta cultura visual contemporánea, como Dune, Star Wars o algunas películas de ciencia ficción. El espectador reconocerá inmediatamente esa sensación en sus construcciones gigantescas cuya escala hace pequeño al individuo, geometrías simples, grandes superficies desnudas, corredores donde la luz entra como si tuviera cuerpo.
No significa que esos universos cinematográficos sean copias de Kahn, significa que este arquitecto ayudó a construir un lenguaje visual mediante el cual todavía imaginamos el poder, lo sagrado, la autoridad o incluso las civilizaciones futuras.
Una biblioteca no era simplemente un inmueble donde almacenar libros, antes hay que preguntarse qué significa leer, qué significa encontrarse con el conocimiento y qué clase de espacio merece ese acto; un museo no era una caja donde colocar cuadros y un parlamento no era únicamente un conjunto de oficinas. La arquitectura debía descubrir primero la naturaleza de la institución y después darle forma.
En san Luis potosí hay aires de Kahn. El Museo Laberinto de las Ciencias y las Artes, proyectado por Ricardo y Víctor Legorreta, permite encontrar su huella en cuerpos geométricos claramente diferenciados, patios que organizan los recorridos, grandes muros, vanos profundos, sombras intensas y una torre que adquiere monumentalidad sin necesitar decoración.
Vale la pena visitarlo sin entrar inmediatamente a las exposiciones. Hay que detenerse primero frente al edificio, observar cómo entra la luz, ver los vacíos y descubrir que la arquitectura también puede contar historias sin palabras.
Construir no consiste solamente en levantar edificios, también se trata de darle forma al silencio.