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Cuando el cuerpo se vuelve un territorio difícil

Punto Crítico

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¿Qué pasa cuando vivir dentro de nuestro propio cuerpo deja de sentirse natural? La disforia corporal puede aparecer como una sensación profunda de incomodidad, rechazo o desconexión con la propia imagen. No siempre significa que exista un problema físico; muchas veces, el conflicto está en la manera en que una persona percibe y experimenta su cuerpo. En una sociedad donde las redes sociales, los filtros y los estándares de belleza están presentes todos los días, ¿cuánto de lo que rechazamos de nosotros realmente nació de nosotros?

La conversación adquiere otra dimensión cuando hablamos de neurodivergencia. Las personas autistas o con TDAH no necesariamente viven disforia corporal, pero algunas pueden experimentar de manera particular las sensaciones físicas, la percepción corporal o la relación con su apariencia. Una textura de ropa, una sensación en la piel, el contacto físico o incluso mirarse al espejo pueden generar un nivel de incomodidad que otras personas no comprenden. Por eso, antes de juzgar, conviene preguntar: ¿cómo está viviendo esta persona su propio cuerpo?

Los especialistas en salud mental también advierten que es importante distinguir entre una inconformidad corporal cotidiana y problemas que generan sufrimiento significativo. No es lo mismo pensar ocasionalmente “no me gusta cómo me veo” que pasar horas frente al espejo, evitar fotografías, esconder determinadas partes del cuerpo o dejar de participar en actividades por miedo a ser observado. La preocupación puede convertirse en un círculo difícil: cuanto más se revisa aquello que genera inseguridad, más importante parece. El problema, entonces, no es simplemente la apariencia, sino la relación psicológica que construimos con ella.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto daño hacemos cuando constantemente comentamos el cuerpo de los demás? Frases que parecen inofensivas (“te ves más delgado”, “deberías arreglarte”, “qué bonita piel tienes”) pueden reforzar la idea de que nuestro valor depende de nuestra apariencia. Para una persona que ya experimenta ansiedad o una percepción corporal complicada, esa presión puede ser todavía mayor. La salud mental también se construye en conversaciones cotidianas, en la familia, en la escuela, en el trabajo y en las redes sociales.

Quizá necesitamos cambiar una de las metas más repetidas de nuestra época: no todas las personas tienen que amar su cuerpo. Tal vez un objetivo más realista sea aprender a habitarlo con menos conflicto. No sentirnos atractivos todos los días, sino poder vestirnos, salir, trabajar, relacionarnos y disfrutar sin que nuestra apariencia ocupe constantemente el centro de nuestra atención. Para algunas personas, esto puede requerir psicoterapia y acompañamiento profesional; para otras, ajustes sensoriales, límites frente a las redes sociales o simplemente un entorno donde no tengan que explicar constantemente por qué ciertas experiencias les resultan difíciles.

Esta perspectiva también propone una responsabilidad colectiva. Si queremos hablar seriamente de inclusión y neurodivergencia, no basta con enseñar a las personas a adaptarse a un mundo que las incomoda. También debemos preguntarnos qué puede cambiar el mundo para que esas personas tengan mayor bienestar. Menos presión estética, más diversidad corporal, espacios sensorialmente amigables y conversaciones menos centradas en la apariencia pueden parecer pequeños cambios, pero pueden transformar la experiencia cotidiana de alguien que lleva años sintiendo que su cuerpo es un problema que debe corregir.

Tal vez el verdadero objetivo no sea conseguir que todos aprendamos a amar nuestro reflejo, sino construir una sociedad en la que nadie tenga que odiarlo para sentirse aceptado. La disforia corporal y algunas experiencias relacionadas con la neurodivergencia nos recuerdan que el cuerpo no es únicamente una imagen: también es sensación, identidad, memoria y experiencia. Escucharlo sin juzgarlo puede ser el primer paso. Y quizá una sociedad más saludable comience justamente ahí: cuando dejamos de preguntarle a las personas si cumplen con el cuerpo correcto y empezamos a preguntarles qué necesitan para sentirse bien dentro del suyo.

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