Un hombre de fe, no pierde la paz, ni se impacienta.
El que pide con fe, no exige nada; y con paciencia, espera la respuesta.
Algunos piensan, que si Dios no responde, es porque tampoco escucha.
Pero, el Señor siempre nos escucha; aunque, es su sabiduría, la que decide el momento oportuno de dar lo que pedimos.
Hay algo, que también Dios nos pide, Él nos pide, que le demos crédito, es decir, que confiemos en Él.
Dios va a responder, hasta que nuestra fe, se fortalezca, gracias a la espera.
Pero, es necesario pedir con humildad.
No hay que exigir a Dios, aquello que no merecemos.
Y, como dice el dicho: “En el pedir, está el dar”.
Hay que aprender, de la mujer cananea, que venció todas las pruebas, con tal de ver a su hija liberada del mal.
Dice el Evangelio: “Ella se acercó entonces a Jesús, y postrada ante él, le dijo: ¡ Señor, ayúdame! Él, le respondió: No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos. Pero ella replicó: Es cierto, Señor; pero también los peritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.
Entonces Jesús le respondió: Mujer, ¡ qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”. ( Mt.15).
Aquella mujer, estaba consciente de su realidad, no reclamaba ningún derecho, y se conformaba con las migajas.
Esa actitud de humildad, solo pedía las sobras, con tal de ver a su hija libre del mal.
Esa fe tan grande, dejo al Señor convencido, por lo cual, le concedió lo que le pedía.
No hay que desesperar ante el silencio de Dios; porque su silencio, es el espacio que ocupamos, para fortalecer la paciencia, engrandecer la humildad, y gracias a la fe, recibir lo que con tanto anhelo estamos pidiendo.
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
EVANGELIO
Del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la comarca de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea le salió al encuentro y se puso a gritar: «Señor, hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio». Jesús no le contestó una sola palabra; pero los discípulos se acercaron y le rogaban: «Atiéndela, porque viene gritando detrás de nosotros». Él les contestó: «Yo no he sido enviado sino a las ovejas descarriadas de la casa de Israel».
Ella se acercó entonces a Jesús, y postrada ante él, le dijo: «¡Señor, ayúdame!» Él le respondió: «No está bien quitarles el pan a los hijos para echárselo a los perritos». Pero ella replicó: «Es cierto, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Entonces Jesús le respondió: «Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas». Y en aquel mismo instante quedó curada su hija. Palabra del Señor.