Siempre corremos el riesgo de distraernos y apartar la mirada de la meta que nos hemos propuesto.
En esta vida, vamos por un camino, que conduce a una meta; pero, a lo largo de esa ruta, nos encontramos a personas o cosas, que atraen nuestra mirada, y nos distraen de lo más importante.
Por tanto, hay que hacer revisión constante de lo que hacemos, para no hundirnos en el mar de la confusión.
Hay sucesos espectaculares, que acaparan la atención, y nos llevan a pensar, que eso, es lo más importante.
Pero, la meta fundamental, es buscar al creador del universo, y vivir venciendo la distracción, que nos desvía del absoluto.
Dice la Escritura: “…y al acercarse al Señor, vino primero un viento huracanado que partía las montañas y resquebrajaba las rocas; pero el Señor no estaba en el viento”. (1 Re19).
No hay que cegarnos con lo grandioso; porque, aunque grandioso, ahí no está Dios, ni tampoco eso es Dios.
El hombre, en esta vida, camina sobre el mar de la confusión; y, si sostiene la mirada en Dios, nunca se hundirá en esas aguas.
Pero, si algún viento le distrae, entonces mirará hacia otro lado, y se perderá de Dios.
Algo semejante le pasó a Pedro, cuando le pidió al Señor, ir hacia Él, caminando sobre el agua.
Dice el Evangelio: “Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: ¡Sálvame, Señor! (Mt. 14,22).
El viento como otras cosas, tiene una fuerza de atracción, que nos empuja a perder lo más importante.
Y, por estar atentos al viento dejamos de tender hacia Dios; y así, nos vamos hundiendo en el mar de la existencia.
Por tanto, estemos atentos, para no perdernos en cosas que nos distraen, y nos hacen perder lo más importante.
Volvamos la mirada hacia el Creador, y venzamos tantas distracciones.
Pbro. Lic. Salvador Glez. Vásquez.
Del santo Evangelio según san Mateo 14, 22-33
En aquel tiempo, inmediatamente después de la multiplicación de los panes, Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca y se dirigieran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba él solo allí.
Entretanto, la barca iba ya muy lejos de la costa y las olas la sacudían, porque el viento era contrario. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el agua. Los discípulos, al verlo andar sobre el agua, se espantaron y decían: «¡Es un fantasma!» Y daban gritos de terror. Pero Jesús les dijo enseguida: «Tranquilícense y no teman. Soy yo».
Entonces le dijo Pedro: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti caminando sobre el agua». Jesús le contestó: «Ven». Pedro bajó de la barca y comenzó a caminar sobre el agua hacia Jesús; pero al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, comenzó a hundirse y gritó: «¡Sálvame, Señor!» Inmediatamente Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en la barca se postraron ante Jesús, diciendo: «Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios».
Palabra del Señor.