Pocas cosas ponen a prueba la educación de una persona tan rápidamente como un ascensor. Basta observar qué hace cuando las puertas comienzan a cerrarse y alguien, muy cerca, grita: “¡Espere!”.
En ese instante se decide todo. Hay quien extiende la mano y detiene la puerta, quien busca desesperadamente el botón correcto, aunque termina pulsando la alarma y quien mira sereno al rezagado, dejando que las puertas se cierren y adoptando la expresión de “la vida no es fácil. Ni hablar”.
.
El ascensor es un extraño invento social. Su misión consiste en trasladarnos verticalmente, pero su efecto secundario es reunir a personas que jamás habrían elegido estar tan cerca. En el elevador aceptamos que un desconocido respire junto a nuestro oído mientras todos miramos fijamente un número rojo.
Mirar es precisamente el primer problema. Si observamos a los demás, parecemos indiscretos, si miramos el piso, parecemos culpables, si nos examinamos en el espejo, corremos el riesgo de descubrir que otra persona nos observa mientras fingimos acomodarnos el cuello de la camisa. La solución universal consiste en estudiar el tablero como si los números fueran a revelar un mensaje secreto.
Luego aparece el momento del saludo. En los edificios pequeños todavía se dice “buenos días”, una fórmula modesta pero tranquilizadora, pues confirma que quienes viajan dentro de la caja metálica pertenecen a la especie humana. En los edificios grandes, en cambio, el silencio suele considerarse parte del ambiente, a la par de la música impersonal que acompaña el trayecto. Cada pasajero conserva su intimidad mirando al frente y procura no reconocer que está rozando el hombro de alguien cuyo nombre nunca sabrá.
El cine entendió muy pronto que los ascensores sirven para explicar una ciudad. En The Apartment, película de 1960, Jack Lemmon interpreta a un empleado de una enorme compañía de Nueva York. Para ganar el favor de sus superiores, les presta su departamento, donde ellos mantienen encuentros amorosos no muy lícitos. El protagonista trabaja entre cientos de escritorios idénticos y se desplaza en elevadores manejados por una operadora que conoce los movimientos y secretos del edificio. La película utiliza esa vida vertical para mostrar una sociedad de jerarquías, ambiciones y soledades, donde todos suben y bajan, aunque no necesariamente avanzan.
Fuera de la pantalla, cada viaje conserva algo de esa comedia. Quien queda junto al tablero recibe inmediatamente un cargo público, debe preguntar los pisos, pulsar botones y recordar que el número solicitado desde el fondo no fue el seis, sino el siete y, a veces sostiene la puerta para alguien que aún viene cruzando el vestíbulo. Su mandato dura menos de un minuto, pero durante ese tiempo administra el destino de todos.
El ascensor nos recuerda que una ciudad no es solamente calles, edificios y tránsito. Es también una sucesión de encuentros breves con personas a las que probablemente no volveremos a ver. Durante unos pisos somos vecinos provisionales, unidos por un trayecto, un silencio y la esperanza de que nadie pulse todos los botones.