Hay ciudades que parecen hechas para los automóviles, otras para los edificios, algunas para los anuncios espectaculares y unas cuantas, aunque parezca extraño, para la gente. Pero ¿para quién más está hecha una ciudad?
Italo Calvino la plantea en “La ciudad de los gatos obstinados”, un cuento en el que la ciudad de los hombres y la de los gatos ocupan el mismo territorio, aunque no sean realmente la misma. Los humanos ven calles, estacionamientos, edificios y terrenos disponibles, en tanto que los gatos ven cornisas, patios, huecos, azoteas, bardas y rutas secretas. Donde nosotros vemos un espacio inútil, ellos encuentran un camino.
Marcovaldo, el personaje que recorre esta y otras historias de Calvino, descubre esa ciudad paralela cuando comienza a seguir a un gato durante su descanso de trabajo. Agacharse, caminar a gatas y mirar desde abajo le permite observar lo que normalmente permanece oculto. Es una pequeña lección de perspectiva, pues para comprender una ciudad no basta con verla desde la oficina de un desarrollador, desde el plano de un arquitecto o desde el parabrisas de un automóvil.
El centro del cuento es un jardín viejo, rodeado de rascacielos. Pertenece a una marquesa de mejor posición económica en otros tiempos, que se niega a venderlo o, por lo menos, no puede hacerlo. Nadie lo sabe con certeza. Unos vecinos creen que es una santa porque conserva el último espacio verde del barrio; otros la consideran una egoísta que mantiene un foco de suciedad, mosquitos y ratas. Para los constructores, aquel jardín es un error; para los gatos, es su patria.
La historia resulta divertida porque Calvino no convierte a los animales en criaturas ideales y tiernos. Sus gatos roban, pelean, engañan, se organizan y defienden lo suyo con una terquedad poco sentimental.
Pero debajo del humor aparece una cuestión seria. Las ciudades modernas suelen tratar como vacío todo aquello que no produce dinero. Un solar sin construir, una casa antigua, un jardín descuidado o un terreno cubierto de hojas parecen desperdicios hasta que alguien recuerda que allí viven pájaros, gatos, insectos y también recuerdos humanos. El progreso urbano tiene una gran habilidad para llamar abandono a cualquier cosa que todavía no ha sido convertida en negocio.
Cuando la marquesa muere, llegan las excavadoras. Parecería que la historia ha terminado y que el progreso, como casi siempre, ha ganado. Sin embargo, los gatos invaden la obra, tiran materiales, ocupan los andamios y se encaraman sobre los trabajadores y los pájaros anidan en la grúa. La naturaleza no derrota a la construcción, pero la incomoda, la retrasa y la obliga a reconocer que nunca parte de cero.
Cada vez que desaparece un patio, se cubre una zanja o se derriba una casa con árboles, no sólo cambia el paisaje, cambia también la manera de caminar, de respirar, de encontrarse y hasta de recordar. La ciudad gana superficie construida, pero puede perder espesor. Hay que recordar que no todo espacio debe llenarse, no todo silencio debe venderse y no todo rincón improductivo está realmente vacío.