Vértice
Amigas y amigos de Plano Informativo:
Hay una pregunta que parece muy sencilla, pero que pocas veces respondemos con sinceridad: ¿cómo estás?
La mayoría contestamos casi por inercia: “bien”, “todo bien”, “ahí vamos”. Sin embargo, detrás de esas palabras muchas veces se esconden el cansancio, la ansiedad, la incertidumbre, el estrés o simplemente el peso de una vida que parece avanzar cada vez más rápido.
Vivimos en una época en la que nos acostumbramos a estar ocupados todo el tiempo. Corremos de una reunión a otra, respondemos mensajes a cualquier hora, revisamos el teléfono apenas despertamos y, muchas veces, seguimos trabajando incluso cuando el día ya terminó. Descansar parece un lujo y detenernos unos minutos llega a hacernos sentir culpa.
Lo más preocupante es que hemos normalizado ese ritmo de vida.
Hemos llegado a pensar que vivir agotados es parte del éxito, que soportar la presión sin expresar lo que sentimos es una muestra de fortaleza y que pedir ayuda significa debilidad. Nada más alejado de la realidad.
La salud mental no es un tema exclusivo de quienes enfrentan un diagnóstico. Nos involucra a todas y todos. Tiene que ver con la forma en que enfrentamos los problemas, con nuestras emociones, con nuestras relaciones familiares, con la manera en que educamos a nuestros hijos, convivimos con nuestros padres o trabajamos con nuestros compañeros.
También tiene que ver con algo que estamos perdiendo poco a poco: la capacidad de escucharnos.
Vivimos rodeados de tecnología que nos mantiene comunicados las veinticuatro horas del día, pero cada vez encontramos menos tiempo para sostener una conversación sincera. Tenemos cientos de contactos en nuestras redes sociales, pero muchas personas sienten que no tienen con quién hablar cuando atraviesan un momento difícil.
Y eso debería preocuparnos.
Porque las heridas emocionales no siempre son visibles. Hay personas que sonríen todos los días mientras libran batallas que nadie imagina. Hay madres y padres que cargan preocupaciones en silencio; jóvenes que sienten una enorme presión por cumplir expectativas; adultos mayores que enfrentan la soledad; niñas y niños que también necesitan ser escuchados.
Por eso debemos aprender a mirar con más empatía.
No sabemos qué historia hay detrás de cada persona que encontramos en la calle, en nuestro trabajo o incluso dentro de nuestra propia familia. Una palabra amable, un momento para escuchar o un gesto de comprensión pueden significar mucho más de lo que imaginamos.
Como sociedad también debemos entender que el desarrollo no se construye únicamente con obras, infraestructura o crecimiento económico. Todo ello es indispensable, pero el verdadero progreso también se refleja en la calidad de vida de las personas, en la fortaleza de las familias y en la tranquilidad con la que cada quien enfrenta su día a día.
Desde el servicio público tenemos la responsabilidad de impulsar políticas que fortalezcan el bienestar integral de las personas, pero ese esfuerzo nunca será suficiente si, como ciudadanos, no recuperamos el valor de la cercanía, del diálogo y de la solidaridad.
Cuidar nuestra salud mental también significa permitirnos descansar, reconocer cuando necesitamos ayuda y entender que nadie tiene que cargar solo con el peso de sus preocupaciones.
Quizá la mayor fortaleza no consiste en aparentar que todo está bien, sino en tener el valor de reconocer que también somos vulnerables.
Estoy convencida de que una sociedad que aprende a cuidar su salud emocional también construye familias más fuertes, comunidades más unidas y un futuro con mayores oportunidades para todas y todos.
Tal vez el cambio que más necesitamos no sea aprender a trabajar más, sino aprender a escucharnos mejor. Preguntar con verdadero interés: “¿Cómo estás?”, y tener la disposición de permanecer ahí para escuchar la respuesta.
Porque cuidar la salud mental también es una forma de cuidar el corazón de nuestra sociedad.
De corazón, gracias por su lectura.
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