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Lezama Lima: un silencio lleno de luces

Mañana se cumplen 50 años de la muerte del escritor cubano José Lezama Lima. Era el 9 de agosto de 1976 y, más allá de las polémicas propias sobre las atenciones que recibiera o no en aquel entonces, su salud terminó por quebrarse.
 
 En lo que sí no hay duda es en el singular registro poético que nos deja como legado desde sus primeras publicaciones de juventud: "Muerte de Narciso" (1937), "Enemigo rumor" (1941) y "Aventuras sigilosas" (1945). Ya en plena madurez publicó el poemario "Dador" (1960) y su emblemática novela "Paradiso" (1966).
 
 Otro aspecto sobre el que no hay duda: para recordar ahora a José Lezama Lima en sus últimas instancias y versos que le acompañaron antes de morir, regreso a su libro póstumo "Fragmentos a su imán", en una edición de ERA, de 1978, pero sobre todo me detengo en el poema "El pabellón vacío", fechado apenas cuatro meses antes de su deceso.
 
 Destaco ahora del texto un punto básico: el "tokonoma" que para la cultura japonesa representa un espacio de intimidad en casa, donde lo sagrado y lo artístico se unen (en el rincón o nicho de una pared) para convocar a la contemplación silenciosa. Lezama Lima se apropia de este elemento para apropiarse de ese vacío, un vacío que paradójicamente contenga un significado y un sentido de reflexión y espiritualidad.
 
 No nos extraña la narrativa cargada de elementos e imágenes imprevistas, pero queda claro que el poeta insiste y se esfuerza en llevar su esencia, su alma, a caber en un vacío apenas visible en la sala del mundo, del suyo, de toda su vida, de todo lo que ha vivido y que ahora intenta explicar:
 
EL PABELLÓN DEL VACÍO
 
 Voy con el tornillo
 preguntando en la pared,
 un sonido sin color
 un color tapado con un manto.
 Pero vacilo y momentáneamente
 ciego, apenas puedo sentirme.
 De pronto, recuerdo,
 con las uñas voy abriendo
 el 'tokonoma' en la pared.
 Necesito un pequeño vacío,
 allí me voy reduciendo
 para reaparecer de nuevo,
 palparme y poner la frente en su lugar.
 Un pequeño vacío en la pared.
 
 Estoy en un café
 multiplicador del hastío,
 el insistente daiquirí
 vuelve como una cara inservible
 para morir, para la primavera.
 Recorro con las manos
 la solapa que me parece fría.
 No espero a nadie
 e insisto en que alguien tiene que llegar.
 De pronto, con la uña
 trazo un pequeño hueco en la mesa.
 Ya tengo el 'tokonoma', el vacío,
 la compañía insuperable,
 la conversación en una esquina de Alejandría.
 Estoy con él en una ronda
 de patinadores por el Prado.
 Era un niño que respiraba
 todo el rocío tenaz del cielo,
 ya con el vacío, como un gato
 que nos rodea todo el cuerpo,
 con un silencio lleno de luces.
 
 Tener cerca de lo que nos rodea
 y cerca de nuestro cuerpo,
 la idea fija de que nuestra alma
 y su envoltura caben
 en un pequeño vacío en la pared
 o en un papel de seda raspado con la uña.
 Me voy reduciendo,
 soy un punto que desaparece y vuelve
 y quepo entero en el 'tokonoma'.
 Me hago invisible
 y en el reverso recobro mi cuerpo
 nadando en una playa,
 rodeado de bachilleres con estandartes de nieve,
 de matemáticos y de jugadores de pelota
 describiendo un helado de mamey.
 El vacío es más pequeño que un naipe
 y puede ser grande como el cielo,
 pero lo podemos hacer con nuestra uña
 en el borde de una taza de café
 o en el cielo que cae por nuestro hombro.
 
 El principio se une con el 'tokonoma',
 en el vacío se puede esconder un canguro
 sin perder su saltante júbilo.
 La aparición de una cueva
 es misteriosa y va desenrollando su terrible.
 Esconderse allí es temblar,
 los cuernos de los cazadores resuenan
 en el bosque congelado.
 Pero el vacío es calmoso,
 lo podemos atraer con un hilo
 e inaugurarlo en la insignificancia.
 Araño en la pared con la uña,
 la cal va cayendo
 como si fuese un pedazo de la concha
 de la tortuga celeste.
 ¿La aridez en el vacío
 es el primer y último camino?
 Me duermo, en el 'tokonoma'
 evaporo el otro que sigue caminando.
 
1 de abril de 1976.
 
 El verso que se declara "Con un silencio lleno de luces" me dio la pauta para rendir este pequeño homenaje al gran pensador cubano, un visionario que, en su momento, con la revista Orígenes, contribuyó decisivamente a consolidar una de las generaciones literarias más importantes de Cuba. Pero de vuelta al poema, igual encontramos ahí un par de líneas donde podemos leer:
 
 No espero a nadie e insisto en que alguien tiene que llegar.
 
 En el pabellón del vacío, donde el poeta, poco antes de morir, dejó estos versos y la esencia toda de su trayectoria, ahora, a 50 años de su partida, se puede decir con certeza que ese "alguien" que tenía que llegar, ha llegado, y seguirá llegando, a través de los lectores que se detienen con admiración renovada ante el 'tokonoma' de su obra.
 
 A medio siglo de su muerte, Eduardo Zambrano revisita uno de los últimos poemas de José Lezama Lima para explorar el vacío, el silencio y la trascendencia de su legado literario.
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