Springfield está en todas partes, pero Portland está en Springfield. La ciudad donde viven Los Simpson fue diseñada para no pertenecer completamente a ningún lugar. Su nombre es uno de los más comunes de Estados Unidos y su geografía cambia con una libertad que haría perder la paciencia a cualquier explorador o cartógrafo. En ocasiones tiene costa; en otras, montañas, desiertos, bosques, cañones, ríos o enormes extensiones agrícolas. Puede encontrarse a poca distancia de Nueva York, de Las Vegas o de la frontera con Canadá, según las necesidades del episodio.
Springfield no es una ciudad localizable. Es una ciudad reconocible. En ella están el centro comercial, la iglesia, la escuela, la taberna, la planta nuclear, el supermercado, el ayuntamiento, el hospital y ese conjunto de negocios que parecen sobrevivir, aunque casi nunca tengan clientes. Es una caricatura de la mediana ciudad estadounidense, pero también de muchas ciudades del mundo. Todos hemos conocido un director Skinner, un alcalde Quimby, un comerciante como Apu o un empresario como el señor Burns.
Por eso Springfield puede estar en todas partes. No porque todas las ciudades sean iguales, sino porque ciertos personajes, espacios y conflictos urbanos se repiten. Sin embargo, dentro de esa ciudad universal existe una ciudad concreta, Portland, Oregón, donde Matt Groening nació y creció. Muchos nombres de personajes de la serie proceden de calles y lugares de Portland. Flanders, Lovejoy, Quimby, Kearney y Terwilliger (apellidos de personajes en la versión en inglés) no fueron inventados desde cero, formaban parte del paisaje cotidiano del creador de la serie. Antes de ser personajes, fueron nombres escritos en placas urbanas.
La familia Simpson también está vinculada con la propia familia de Groening. Homer, Marge, Lisa y Maggie eran nombres familiares. La ficción nació, entonces, de una mezcla entre recuerdos domésticos y geografía urbana. Una ciudad real entregó sus calles; una familia real entregó sus nombres y la imaginación hizo el resto.
Springfield no reproduce Portland, pero la contiene en su alma. Eso sucede con frecuencia en la literatura, el cine y la memoria. Las ciudades imaginarias rara vez aparecen de la nada, están construidas con fragmentos de lugares recorridos, casas habitadas, esquinas observadas y nombres escuchados durante años. El escritor puede cambiar la ubicación, alterar las distancias o inventar edificios, pero suele trabajar con materiales obtenidos de la experiencia.
Una persona puede mudarse y continuar orientándose de acuerdo con la ciudad en la que creció. Compara avenidas, mercados, plazas y barrios con los que conoció primero. Dice que una calle le recuerda otra, que cierto café se parece al de su juventud o que una colonia tiene el ambiente de un antiguo vecindario. Poco a poco construye una ciudad personal hecha de superposiciones.
Las ciudades no sobreviven solamente en sus edificios. Sobreviven también cuando alguien las convierte en historias.