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La cultura de lo vegetal: aprender a mirar lo que crece

Opinión

¿Cómo se relaciona la cultura con lo vegetal?
La pregunta parece sencilla, pero obliga a ampliar lo que entendemos por cultura. Con frecuencia la asociamos con el arte, el patrimonio, las tradiciones o las expresiones simbólicas de una comunidad. Sin embargo, la cultura también se manifiesta en la manera en que nombramos el mundo, producimos alimentos, organizamos el territorio y decidimos qué formas de vida consideramos útiles, valiosas o dignas de cuidado.

Desde esta perspectiva, las plantas no son únicamente paisaje, materia prima o fuente de inspiración. Forman parte activa de nuestras prácticas culturales. Están presentes en lo que comemos, en los remedios que heredamos, en los materiales con los que construimos, en las fibras con las que vestimos, en los rituales, las celebraciones, los mercados y los conocimientos transmitidos entre generaciones. Nuestra historia cultural también es una historia de relaciones con el mundo vegetal.

Empero, especialmente en los contextos urbanos, hemos perdido parte de la capacidad para reconocerlo. Caminamos frente a árboles, hierbas, flores y arbustos sin saber cómo se llaman, de dónde provienen, qué función cumplen o con qué otras especies se relacionan. Percibimos una masa verde, pero no necesariamente la diversidad que contiene.

Esta falta de reconocimiento no es un asunto menor. Cuando dejamos de distinguir las especies, también se debilita nuestra capacidad para comprender el territorio que habitamos. Desconocemos cuáles plantas son nativas, cuáles fueron introducidas, cuáles ofrecen alimento y refugio a los polinizadores, cuáles requieren demasiada agua o cuáles pueden adaptarse mejor a las condiciones climáticas de nuestra región.

Conocer no significa memorizar una lista de nombres científicos. Significa aprender a observar: identificar cuándo florece una planta, qué insectos la visitan, en qué tipo de suelo crece, cuánta agua necesita y qué usos le han dado distintas comunidades. Significa comprender que cada especie participa en una red de relaciones ecológicas y culturales de la que nosotros también formamos parte.

Incluso las palabras que utilizamos revelan nuestra manera de mirar. En los espacios urbanos solemos llamar “maleza” a todo aquello que aparece donde no fue sembrado. Pero el término no describe una categoría botánica precisa; expresa una decisión humana sobre lo que consideramos deseable, útil o fuera de lugar.

Esto no significa que toda planta espontánea deba conservarse ni que pueda utilizarse como alimento o medicina sin conocimiento especializado. Algunas especies pueden ser invasoras, tóxicas o perjudiciales para determinados ecosistemas. La cuestión es otra: antes de eliminar lo que crece, tendríamos que ser capaces de reconocerlo y comprender su función.

Nombrar una planta modifica nuestra relación con ella. Deja de ser una presencia anónima y se convierte en parte de un sistema de conocimiento.

Este principio resulta especialmente importante en México, donde la diversidad biológica se encuentra profundamente vinculada con la diversidad cultural. Nuestra alimentación depende de especies, variedades, técnicas agrícolas y saberes construidos durante generaciones. El maíz, el frijol, el chile, la calabaza, el nopal, el amaranto y los quelites no son solamente ingredientes: forman parte de sistemas productivos, calendarios agrícolas, economías locales, paisajes e identidades comunitarias.

No obstante, con frecuencia pensamos la conservación únicamente desde su dimensión biológica. Suponemos que una especie está protegida mientras exista en un jardín, un banco de semillas o un área natural. Pero también puede desaparecer el conocimiento necesario para cultivarla, reconocer sus ciclos, prepararla o aprovecharla responsablemente.
La biodiversidad no se empobrece solamente cuando se extingue una especie. También se deteriora cuando se olvidan sus nombres, se interrumpe la transmisión de saberes o desaparecen las condiciones sociales que permitían mantener una relación con ella.

Por eso resulta necesario hablar de sostenibilidades en plural. Existe una sostenibilidad ambiental, relacionada con el cuidado del agua, los suelos, las especies y los ecosistemas. Pero también existe una sostenibilidad cultural, que busca conservar conocimientos, técnicas, memorias y formas de transmisión. A ellas se suma una sostenibilidad social, que pregunta quién tiene acceso a los recursos, quién toma decisiones sobre el territorio y quién recibe los beneficios de su aprovechamiento.

Estas dimensiones son inseparables. Una ciudad puede aumentar sus áreas verdes y continuar reproduciendo modelos insostenibles si utiliza especies inadecuadas, consume grandes cantidades de agua o limita el acceso de la población a esos espacios. De la misma manera, un proyecto puede recuperar plantas tradicionales, pero desvincularlas de las comunidades que han conservado sus conocimientos.

Incorporar la biodiversidad vegetal a nuestra vida cotidiana exige algo más que colocar plantas en calles, jardines o azoteas. Requiere educación, investigación, planeación y diálogo entre el conocimiento científico y los saberes locales. Los huertos urbanos, los jardines botánicos, los mercados, las cocinas, las bibliotecas y los espacios educativos pueden ayudarnos a recuperar esa capacidad de lectura del entorno.

Imaginar futuros sostenibles comienza, muchas veces, por cambiar nuestra manera de prestar atención. Antes de preguntarnos cuánto podemos obtener de una planta, quizá tendríamos que preguntarnos qué sabemos de ella, qué relaciones sostiene y qué historia cultural la acompaña.

La cultura de lo vegetal comienza ahí: en aprender a observar, distinguir, nombrar y comprender aquello que crece a nuestro alrededor. Porque difícilmente podremos cuidar lo que hemos dejado de reconocer.

María Cecilia Padrón Quijano
 

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