Hay personas que saben que algo ocurre dentro de ellas, pero no encuentran palabras para explicarlo. Sienten presión en el pecho, irritabilidad o deseos de alejarse y, ante la pregunta “¿qué sientes?”, responden: “no sé”. La alexitimia nos invita a explorar esa dificultad para identificar y expresar emociones. ¿Qué sucede cuando sentimos, pero no sabemos nombrar lo que ocurre dentro de nosotros?
El término alexitimia surgió en la psicología durante la década de 1970 y suele entenderse como “sin palabras para las emociones”. No significa ser una persona fría. Alguien puede experimentar emociones intensas y, aun así, confundir tristeza con enojo, miedo con ansiedad o frustración con cansancio. Reconocer lo que sentimos es una parte importante de aprender a regular nuestra vida emocional.
Pensemos en quienes crecieron escuchando “aguántate”, “no llores” o “no hagas drama”. Tal vez aprendieron a trabajar, resolver problemas y cumplir expectativas, pero nunca desarrollaron un vocabulario emocional. ¿Cómo expresar una necesidad que ni siquiera podemos reconocer? En una sociedad que premia el autocontrol, la desconexión emocional puede confundirse fácilmente con fortaleza.
La alexitimia también plantea una pregunta sobre el autoconocimiento. Conocerse no es únicamente saber qué nos gusta o cuáles son nuestras metas. También implica observar el cuerpo, reconocer patrones y detectar emociones. Un “no quiero hablar con nadie” puede esconder tristeza, saturación o miedo. ¿Y si algunas de nuestras reacciones son mensajes internos que todavía no sabemos interpretar?
Por eso necesitamos hablar de alfabetización emocional. Aprender a distinguir frustración, culpa, vergüenza, alivio o vulnerabilidad amplía nuestro mapa interior. Desde la psicología se propone que nombrar una experiencia emocional puede ayudarnos a observarla con mayor claridad. Quizá deberíamos cambiar el habitual “¿estás bien?” por preguntas como: “¿qué notas en tu cuerpo?” o “¿qué ocurrió antes de sentirte así?”.
Sin embargo, la alexitimia no debería convertirse en una etiqueta de moda ni en un autodiagnóstico. Todos podemos tener momentos en los que resulta difícil explicar lo que sentimos. La historia familiar, la cultura y nuestras experiencias influyen en la relación que construimos con las emociones. Registrar lo que sentimos, ampliar nuestro vocabulario emocional o acudir a psicoterapia pueden ser caminos hacia una mayor conciencia personal.
Tal vez uno de los grandes retos de la salud mental sea aprender a escucharnos antes de llegar al límite. Sentir y saber qué sentimos no siempre son la misma cosa. ¿Cuántas decisiones, discusiones o silencios comprenderíamos mejor si aprendiéramos nuestro propio lenguaje emocional? Conocernos también significa aprender el idioma de aquello que ocurre dentro de nosotros.